Ejemplos ?
¡Todo entonces, grandioso, esplendente, nos revela un divino poder, y el poeta, inclinando la frente, ama a Dios, la creación, la mujer!
Y en alas de querubes, envuelta tu alma en esplendente velo, y entre rosadas nubes deja el impuro suelo, y blandamente se remonta al cielo.
El hombre imbécil de tu amor divino se burla torpe, de tu ardiente anhelo, y cual nube esplendente sube al cielo el incienso inefable de tu amor.
consuelo en mi dolor..." Mientras tanto, en otros rumbos de la esplendente ciudad, eclosionan entre juegos pirotécnicos los ritmos sofocantes y efímeros para entregarse voluptuosos a los que bailan y vibran de placer: "Voy a relatar lo que a mi me sucedió...
Y no me refiero a quienes tienen estudios pedagógicos muy completos, sino a los que en verdad llevan ese inmenso amor por depositar en su acción cotidiana, la entrega hacia lo más limpio de la humanidad: los niños, los adolescentes, los jóvenes. Maestros o maestras de vocación en el esplendente significado de la palabra.
Sólo así, mediante la educación, armonía interior con proyección externa, edificamos una sociedad sin privilegios, esplendente, luminosa: Modelo para el mundo.
La sangre se derramó por las campiñas y por los poblados y aunque el invasor trataba de apaciguar aquella sublevación, nada lograba contener los ímpetus desencadenados de los oprimidos que sentían en carne propia las huellas de la injusticia y la llegada esplendente de la liberación.
Te llama Alejandro para que vuelvas a tu casa. Hállase, esplendente por su belleza y sus vestidos, en el torneado lecho de la cámara nupcial.
¡Y robé! Robé la espada, dos chicos, y tres caballos; con los que di al esplendente solo, un esplendente codillo. -¡Viva el Perú!
Cada vez que don Pedro oía bajo sus pies el rodar de sillas y estrépito de pisadas de los que acompañaban en las largas noches de invierno al patriarca del tradicionalismo, y les sentía bajar, metiendo bulla y riendo a carcajadas, la vetusta escalera, una hipocondría profunda se apoderaba de él, y envolviéndose en su vieja bata de tartán, único preservativo que contra el riguroso frío usaba, y paseando de arriba abajo en su desmantelado e inútil salón, daba vueltas al problema siguiente: «Vamos a ver: yo conocí a ese búho de don Juan Boina hace la friolera de cincuenta y tantos añitos. Ya entonces sus ideas eran una ridícula antigualla, desterrada por la esplendente luz del progreso.
Pura, casta, esplendente, y perfectísima, la célica escultura pieza salió maestra y hermosísima, desmintiendo de humana criatura ser obra, o concepción; soplo divino animaba su mármol insensible; y el rostro peregrino radiaba aun más allá de lo creíble la virtud y pureza del ser hermoso de quien es trasunto la marmórea cabeza, sin concepción creada en solo un punto.
Adiós, adiós, te queda, ya tu mar no veré cuando amorosa, mansa te ciñe y leda, como delgada seda breve cintura de mujer hermosa; Ni tu cielo esplendente, de purísimo azul y oro vestido, do sospecha la mente si en mar de luz candente la gran masa del sol se ha derretido; Ni tus campos herbosos, do en profundo ambiente me embriagaba y, en juegos amorosos, de nardos olorosos la frente de mi madre coronaba; Ni la altiva palmera, cuando en tus apartados horizontes con majestad severa sacude su cimera, gigante de las selvas y los montes; Ni tus montes erguidos, que en impío reto hasta los cielos subes, en vano combatidos del rayo circuidos de canas nieves y sulfúreas nubes.