Ejemplos ?
Toda esperanza que a Zerbín me lleve, por cuanto escucho aquí, ya he abandonado; pues ya mi venta han hecho a un comerciante, que piensa al sultán darme de Levante.» Así decía la gentil doncella, mientras hipando y suspirando enhebra la tela de su angélica querella, capaz de conmover sierpe o culebra.
Me voy ahogando en mis sentimientos. Oigo la contestadora con su respuesta obvia. Escucho tu voz que aún me enamora. Te dejo hablar mientras el llanto me asoma.
Entre los ruidos que produce el motor del transporte, veo que los pasajeros conversan y sus voces me trascienden. Yo, aturdido por el caos ambulante, casi ni escucho, me ato a un común adormecimiento...
Cuando me hayas escuchado, el camino del deber aparecerá recto y fácil ante tus ojos. ¿Me escuchas, hijo de Faraj? -Sí, señor; te escucho. -En nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso: Hace ochenta años.
Cuando le escucho me late el corazón con más violencia que a los corybantes, sus palabras me hacen derramar lágrimas y veo a numerosos oyentes experimentando las mismas emociones.
Ahora, quiero ser particularmente enfático en señalar que este asunto, pues, tiene dos caras, porque con frecuencia escucho reclamos de autoridades de otros órdenes de gobierno, en las que simplemente dicen: pues queremos más recursos.
DOÑA BEATRIZ Retórico forastero, excusad cortesanías que ni yo escucho ni entiendo; yo me retiro a esta quinta, donde hay honor que la guarde; y si sois, como me avisa vuestro traje, caballero, quedaos; no de vos se diga que hay caballero que niega adonde hay dama que pida.
Absorto y confuso estaba entre aromas y armonías, cuando un lento estruendo escucho entre las ramas vecinas que, negando el paso al sol, verde sombra eran del día.
Resuenan en algún lugar, tras un alto muro que no es posible trasponer, me desgarran el corazón y yo lloro con los ojos cerrados, incapaz de comprender si es un ser vivo el que gime o si escucho el prolongado y salvaje rumor del mar encrespado.
A pasar por el Sitio Cañas, escucho un ruido; como la noche; como la noche era de luna, al mirar hacia atrás vio a cuatro hombres que iban llevando un ataúd; al ver esto; al ver esto, agito el paso, al salir de un curva, el ataúd estaba delante de él, entonces disminuyo su caminar, los que llevaban el féretro, iban conversando despacio, sin entender lo que decían.
Contesta. Te escucho." Como en sorda lucha, habló el animal, la boca espumosa y el ojo fatal: "Hermano Francisco, no te acerques mucho...
-Vaya, ¡y tan interesante como es lo que te tengo que decir! -Pos encomience usté ya, que ya lo escucho. Y diciendo esto, acercó Dolores una silla a la que ocupaba el viejo y sentose en ella, poniendo de relieve al hacerlo, merced a la ductilidad de la falda, sus piernas redondas como columnas y descubriendo sus pies brevísimos y arqueados que holgaban en unas chinelas no acreedoras a aprisionar tales primores.