Ejemplos ?
Le cogió en sus brazos y le ocultó en una profunda gruta, bajo las entrañas de la divina tierra, en el monte Egeo de densa arboleda.
-Yo na..., ¿y usté? -¿Yo? Las entrañas le arrimaría yo porque se callara a ese serafín, que es to un órgano. -¿Y usté qué es? -Eso usté lo dirá...
El más grande de los poderes imperialistas siente en sus entrañas el desangramiento provocado por un país pobre y atrasado y su fabulosa economía se resiente del esfuerzo de guerra.
Y no sólo a éste, mas a otros muchos persuadió solamente el nombre esclarecido de Bruto; los cuales todos, aunque se confederaron sin solemnidad de juramentos, ni de tocar aras, ni hacer sacrificios, de tal manera sepultaron en su silencio su consejo, que por más que se le pronosticaban a César astrólogos, prodigios y entrañas de ofrendas, no se pudo penetrar ni entender, y pasaron sin crédito tan manifiestos agüeros y adivinos.
Muchos de sus hijos, en diferentes épocas, se han esforzado en hacer apologías de su importancia literaria, que los extraños le negaban: pero se han reducido a darnos una nomenclatura de escritores amenos e ingeniosos; de artistas, que a sus lienzos, mármoles, o monumentos, han sabido imprimir el sello de sus almas apasionadas y fogosas, de sus imaginaciones atrevidas; más que apenas son conocidos de los eruditos. Estos tesoros son como los del avaro, estériles para sus semejantes, pues se hallan enterrados en las entrañas de la tierra.
La ceniza de Julio César dice bien esto entre las brasas de Servilia, que en una centella que invió con él después de tantos días, le dejó en las entrañas abrigado el incendio, y disimulada en amor paternal la hoguera.
—En lo más hondo de mis entrañas surgía un lado inefable que me hacía dueño de un ardor inconmensurable; de un ímpetu desconocido y audaz; algo que nunca antes había experimentado...
Todavía siguió rezongando: —Si estuviesen matando petrolistas... Da dolor cómo me han puesto los suelos. ¡Qué entrañas! Fray Ambrosio gritó desde la sala: —¡Silencio!...
Ya Petreyo y Juba se encontraron y cayeron heridos cada uno por la mano del otro: egregia y fuerte convención del hado, pero no decente a mi grandeza, siendo tan feo a Catón pedir a otros la muerte como pedirles la vida.» Tengo por cierto que los dioses miraban con gran gozo, cuando aquel gran varón, acérrimo vengador de sí, estaba cuidando de la ajena salud, y disponiendo la huida de los otros; y cuando estaba tratando sus estudios hasta la última noche, y cuando arrimó la espada en aquel santo pecho, y cuando, esparciendo sus entrañas, sacó con su propia mano aquella purísima alma, indigna de ser manchada con hierro.
Otro monstruo extraordinario, en nada parecido a los hombres mortales ni a los inmortales dioses, tuvo Medus en una cóncava gruta: la divina y astuta Equidna, mitad ninfa de ojos vivos y hermosas mejillas, mitad en cambio mosntruosa y terrible serpiente, enorme jaspeada y sanguinaria, bajo las entrañas de la venerable tierra.
Hacia otra parte, entretanto, dos africanas llevaban arrastrando las entrañas de un animal; allá una mulata se alejaba con un ovillo de tripas y resbalando de repente sobre un charco de sangre, caía a plomo, cubriendo con su cuerpo la codiciada presa.
—¿No temes que el tigre te despedace? —Lo prefiero a que maniatado me arranquen como el cuervo, una a una las entrañas. —¿Por qué no llevas luto en el sombrero por la heroína?