enterrador

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enterrador

1. s. m. OFICIOS Y PROFESIONES Persona que cava sepulturas y entierra a los muertos el sacerdote avisó al enterrador para que preparase el nicho. sepulturero
2. adj./ s. m. ZOOLOGÍA Se aplica a los insectos coleópteros que ponen sus huevos sobre los cadáveres de pequeños animales, a los que entierran después para que sus larvas se alimenten y desarrollen.
3. s. m. TAUROMAQUIA Subalterno que ayuda al matador a rematar al toro, mareándolo a capotazos.

enterrador

 
m. Sepulturero.
zool. Nombre común de los coleópteros, del gén Necrophorus, cuyas larvas se alimentan de cadáveres.
Sinónimos

enterrador

sustantivo masculino

enterrador:

sepulturero
Traducciones

enterrador

SM/Fgravedigger
Ejemplos ?
Hubo un momento de vacilación, de perplejidad, de incertidumbre, pero los enterradores, viendo que no había razón para prolongar aquella indecisión, colocaron la tapa en su sitio y quedó sumida en sombras eternas la bellísima cuanto infortunada compañera del Zorzales.
Y así, al desarrollarse la gran industria, la burguesía ve tambalearse bajo sus pies las bases sobre que produce y se apropia lo producido. Y a la par que avanza, se cava su fosa y cría a sus propios enterradores.
Al llegar al cementerio de San Luis, adonde fui en uno de los coches más próximos al carro fúnebre, llamó mi atención una mujer del pueblo, vieja, y muy alta, que se reía impíamente al ver bajar el féretro, y que luego se colocó en ademán de triunfo delante de los enterradores, señalándoles con un abanico muy pequeño la galería que debían seguir para llegar a la abierta y ansiosa tumba.
No señores: los enterradores no pueden tomar el papel de comadronas… y tranquilamente, falladas todas esas cosas con el único propósito de atajarle la voluntad al pueblo, se saca del propio malsín como cualquier prestidigitador saca del propio cubilete mágico el nombre moral e intelectualmente ilustre del doctor Eduardo Santos, que es el otro extremo de los cariños aparentes y de los odios profundos de estos dos antiguos jefes del partido liberal.
Pero no resulto tampoco aquella maniobra, que tenía nombre propio y en esta tarde me he encontrado con el caso singular, de los enterradores convertidos en parteras de nacimiento electoral.
Claro está que dentro de límites relativamente modestos, pero con todo lo suficiente para que el proceso de desarrollo de la clase obrera no encontrase ya un obstáculo serio en las complicaciones nacionales. Los enterradores de la revolución de 1848 se habían convertido en sus albaceas testamentarios.
Los enterradores, ya abierta la profunda fosa, fumaban indiferentes, esperando el nuevo tributo; algunas cogujadas asustadizas levantaban el vuelo al paso del convoy con doliente piar; don Leovigildo hizo descubrir a la muerta, y el sol acarició por última vez, con un torrente de centellas de oro, el rostro de Rosalía, que parecía dormir un sueño apacible envuelta en un mantón de Manila de larguísimo flecaje, un a modo de espléndido chal de los que dieron fama eternal a los artífices del Oriente, a la vez que entre los bucles de su revuelta cabellera, centelleaban en sus orejas los aretes que la difunta tanto había codiciado.
Joseíto se incorporó, apoyándose en el brazo de su amigo. Uno de los enterradores cogió la tapadera de la caja y esperó. -¿Se cierra?
Y aquel bandido de quince años iba creciendo en la cárcel, trabajando como una bestia, aprendiendo a ratos perdidos el caló del crimen, oyendo la novelesca relación de interesantes atracos y mirando como hombres sublimes a los «carteristas» y «enterradores», señores muy listos y bien portados que iban por el patio con sortijas y reloj de oro y que tiraban el dinero, siendo reverenciados por todos los presos.
Palabreria, humo, genuflexiones, tal es lo que el ritual del momento histórico que enfrentamos prescribe para los entusiasmos de los que se alimentan de ilusiones, y también para los enterradores de la raza mexicana.
Algunos, antes de bajar a los fosos, se abrazaban y despedían llorando, hasta que la tierra cubría sus cuerpos inertes. Por fin, sólo quedaron los enterradores.
Gracias al poderoso impulso que estas revoluciones imprimieron a la gran producción en todos los países, la sociedad burguesa ha ido creando durante los últimos cuarenta y cinco años un vasto, unido y potente proletariado, engendrando con él (como dice el Manifiesto Comunista) a sus propios enterradores.