Ejemplos ?
Rumores de tibia aurora pámpanos y peces cambian. Violador enfurecido, Amnón huye con su jaca. Negros le dirigen flechas en los muros y atalayas.
Yo ya no voy a sacrificarme más para que cuando sean lo que quieren, me paguen mal, como toda la pinche gente.— Y enfurecido salió de la casa dando iracundo portazo.
¡Terrible debía ser la pena que hacía humedecerse aquellos ojos acostumbrados a contemplar serenos la muerte los días entre los abismos del enfurecido mar!
Un hilo levantan del suelo, y como un hilo levantan a un hombre. No hay más modo de acobardar a un elefante enfurecido que herirle de veras en la trompa.
Saca su cuchillo, y se lo clava en la pata. La sangre corre a chorros, y el animal enfurecido, aplastando el matorral, va al río, al río de agua que cura.
Hoy en los climas de la triste Europa Del aquilón el soplo enfurecido Su vida y su verdor quita a los campos, Cubre de nieve la desnuda tierra, Y al hombre yerto en su mansión encierra.
Lloraba por el pobre corazón roto que había encontrado descanso en el mar enfurecido, y por los restos diseminados de aquella casa donde había oído sonar el viento de la noche cuando yo era niño.
Hoy es el día de San Simón y San Judas... el lago está enfurecido y reclama su presa. TELL.––De nada sirven las palabras, el tiempo apremia, y es necesario socorrer a este hombre.
Uno de ellos, un francés que tenía una peluquería frente al Colegio, y que nos profesaba suma antipatía por nuestro escaso consumo de sus artículos, fue preparado por mí y ribeteado por Eyzaguirre; justamente enfurecido, se precipitó a llevar la queja al doctor Agüero.
Tremendo es el elefante enfurecido, y por manso que sea en sus prisiones, siempre le llega, cuando calienta el sol mucho en abril, o cuando se cansa de su cadena, su hora de furor.
Tras ellos suscitóse feroz combate: como el fuego que prende en una ciudad, se levanta de pronto y resplandece, y las casas se arruinan entre grandes llamas, que el viento, enfurecido, mueve; de igual suerte, un horrísono tumulto de caballos y guerreros acompañaban a los que se iban retirando.
Así fracasó aquel concertado matrimonio, quedándose en Méjico el anciano novio enfurecido, que reclamaba a voz en cuello la devolución del dinero gastado en el viaje.