encantos

encantos

(en'kantos)
sustantivo masculino plural
atractivos físicos de una persona Sus encantos me sedujeron.
Ejemplos ?
El amante está en vela, pero sueña, sueña con los encantos de su amada, cierra los ojos y la ve risueña con la cabeza hundida en su almohada.
(Aparte.) ¿Qué confusiones, qué abismos son éstos que por mí pasan, a ser de mi honor cuchillo? (A CELESTINA.) Mujer, ¿qué encantos son éstos?
Después, durante varios días, no tuvo queja de ella el Cachete: la Gorgoritos no separábase de su lado más que para ocuparse al galope de sus más indispensables quehaceres domésticos; no se acostaba, dormía a ratos en una mecedora junto a la cama, confortábale el espíritu hablándole de cosas agradables, entreteniéndole con los chismes de la vecindad, y hasta, desde una tarde en que él púsose mohíno al verla encorsetada y con flores en el pelo, había renunciado a toda coquetería y veíala siempre de trapillo y sin avalorar con adorno alguno sus irresistibles encantos.
Propicio a los buenos, admirado de los sabios, grato a los dioses, objeto de los deseos de los que todavía no lo tienen, precioso tesoro de los que lo poseen, padre del lujo, de las delicias, de la voluptuosidad, de los dulces encantos, de los tiernos deseos y de las pasiones; vela por los buenos y descuida a los malos.
32 Te amaré, mi dulce Ipsitila, mis delicias, mis encantos: manda que a ti venga yo a la siesta, y, si lo mandaras, aquello ayuda: que ninguno atranque del umbral la tablilla o que a ti no te agrade fuera salir, sino en casa te quedes y prepares para nos nueve continuas copulaciones.
Facilísimo era que pasase inadvertida por la vía pública, sin alborotar a los galanteadores de oficio; pero imposible que nadie dejara de admirarla y de prendarse de sus múltiples encantos, luego que fijase en ella la atención.
Bien considerado, el bosque tenía sus encantos, cuando la liebre pasaba saltando por el manto de nieve; pero entonces yo no podía soportarlo.
Cuando, engañado por la debilidad de mi vista y los encantos de la singular dama, pregunté a Talbot quien era ella, mi amigo imaginó que me refería a la belleza más joven, o sea a Stephanie Lalande, y por eso me informó que se trataba de la famosa viuda madame Lalande.
La enfermedad apenas había conseguido amortiguar los encantos de la moza, que era alta sin exageración, de talle esbelto, de seno algo tímido que hundíase como para dejar aproximarse sus hombros; sus ojos eran negros, dulces, melancólicos, ojos de oriental abolengo, adoselados por cejas que parecían trazadas con antimonio, de encorvadas y larguísimas pestañas de azabache, que acentuaban con su sombra sus ojeras, que morían en los algo descarnados pómulos coloreados por el mortal padecimiento y cuyos tonos contrastaban rudamente con el intenso y casi fantástico blancor de su tez empalidecida.
Yo creía que, detrás de aquella aparente inocencia, me aguardaba algo peor, pero no, reparé que viraban hacia unas rosas y ahí pronunciaron unas palabras que sonaban a viejos encantos y tras una centella que me deslumbró, quedaron convertidas en bellas y pelirrojas damas medievales.
Primera Edición 2006 Aquel día la ilustre y elegante madame Monalisa me recibió en la lujosa prisión de sus encantos. Yo había viajado hasta Francia patrocinada por el recién fundado Instituto Franco-Mexicano de la Feminidad Icónica Liberada, A.C.
La mayor prueba que puedes darme de tu sabiduría, mi querido Carmides, es entregarte a los encantos de Sócrates y no alejarte de él ni un solo instante.