Ejemplos ?
Me ocupaba, al parecer, en copiar una fuente muy pintoresca, a la que daban sombra algunos álamos; pero, en realidad, lo que hacía era tomar el sol con este pretexto, pues en más de tres horas que estuve allí, embobado con el ruidito del agua y de las hojas de los árboles, apenas si tracé cuatro rayas en el papel del dibujo.
El bosque, hundido ahora en una penetrante afonía, parecía regodearse luciendo las siluetas intimidantes de aquellos seres que me habían martirizado. La majestuosa luz se iba acercando lentamente y yo embobado la miraba.
Mientras el marido la miraba, embobado, la mujer tenía una sonrisa irónica, y cuando se fue a llevar una copa a los labios, la señora pensó: «En qué bocas anda el agua».
Nati tembló de felicidad. El pretendiente la miraba embobado, se la bebía con los ojos. Siguieron andando, pero el muchacho propuso sillas y las pagó galantemente.
Las doce.- O de la gazuza, como yo... El que a las doce no almuerza, por lo menos abre la boca y se para embobado ante los escaparates de Tournié y Lhardy.
Éste es mi pariente, y bien sé yo que si su padre le viera había de estar tan embobado con su hijo como lo estoy yo con mi sobrino, por tanta buena cualidad como en él se ha llegado a reunir.
Lo único que el chico sabía bien era la doctrina cristiana y querer y respetar al autor de sus días y a su señora mamá. El niño era tan gracioso y ocurrente, que tenía embobado a todo el vecindario.
No lo entraban en el despacho y lo ponían en la mesa, sin que hiciera de las suyas, y mientras el padre, embobado y con la pluma en alto, le hablaba cual si pudiera entenderle, él sonreía hipócritamente, y, mientras tanto, ¡ zas!, lanzaba por bajo una ruidosa protesta que inutilizaba algún escrito de conclusiones en que el papá amontonaba párrafos de estilo elevado, pidiendo garrote vil para cual­quier enemigo de la sociedad.
Cañuela cesó de sollozar, súbitamente, y enjugándose los ojos con el revés de la mano, miró a Petaca, embobado, con la boca abierta.
El diablo soltó una insolente carcajada al oír esta intimación, y contestó al exorcista: -No se moleste vuestra paternidad en querer sacarme por medio de conjuros del cuerpo de esta mujer, porque soy un diablo ilustrado, aunque me esté mal el decirlo, y lejos de echar a correr oyendo conjuros de sabor oratorio y literario tan clásico como son los de vuestra paternidad, me he de estar aquí escuchándolos embobado.
Y me harás el favor de devolverme los dos pares de medias que te mandé, y sobre to las ligas azules que te regalé en er día de tu santo.» Cuando Rosalía hubo concluido de leer la carta, sonrió maliciosamente, y dijo, entregándosela al Caracoles, que la contemplaba como embobado: -Lea usté, hombre, lea usté lo que me dice su sobrino.
La vida de club le había cogido en sus garras, le había entretenido, embobado, como suele hacer, esterilizando a la gente con sus gárrulas chismografías, su disputadero y mentidero, y su apariencia de amistades sinceras, que no lo son.