Ejemplos ?
—pregunta mi mujer levantando la cabeza. Yo la miro, más sorprendido de su pregunta que ella misma, y respondo: —Lo que te dije: ¡qué seré siempre así!
Hay, pues, cosas cuya idea tiene siempre el mismo nombre que se comunica a otras cosas, que no son lo que es ella misma, pero que conservan su forma mientras existen.
Ninguna Parte Contratante podrá exonerarse, ni exonerar a otra Parte Contratante, de las responsabilidades en que haya incurrido ella misma u otra Parte Contratante a causa de las infracciones previstas en el artículo anterior.
Resulta que en el cerro esperan forasteros, forasteros distinguidos, pero, quiénes son éstos, la lombriz se negó a decírmelo, acaso ella misma no lo sabe.
Por su cabeza pasaban los mismos pensamientos que por la mente de la botella: pensaba en el verde bosque y en una joven pareja de enamorados; de todo había gozado, puesto que la novia era ella misma.
Todo aquello lo decía mientras las sombras del atardecer caían más y más a nuestro alrededor, y luego, con un suave apretón de su mano, derribaba en un dulce instante el edificio de argumentos que ella misma había levantado.
No será necesario añadir que los cristales de los anteojos que usaba la anciana dama, ella misma los había cambiado por otros que se adaptaban mejor a mis años, y que se ajustaron perfectamente a mi vista.
La misma razón lo dice, porque si es imposible que conozcamos algo puramente mientras que estamos con el cuerpo, es preciso una de dos cosas: o que nunca se conozca la verdad o que se la conozca después de la muerte, porque entonces el alma se pertenecerá a ella misma libre de esta carga, mientras que antes no.
50 Desjuntadas poco antes, mis guedejas hermanas mis hados deploraban, cuando, impeliéndose el etíope hermano de Memnón con sus plumas, que el aire batían, a sí mismo se mostró, de Arsínoe la lócride el pájaro caballo, y él por las etéreas sombras a mí elevándome, me lleva volando, 55 y de Venus me coloca en el casto regazo. Ella misma, la Cefirite, allí a un fámulo suyo había enviado, la griega habitante de los canopios litorales.
y si nosotros le respondiéramos: en su belleza, en su talle, en su riqueza y en las dotes de su espíritu, ¿no es cierto que nos tendría por locos, si fijaba su atención en la superioridad de estos datos respecto de ella misma?
Te deseo la libre disposición de ti mismo y que tu alma, agitada por vanas fantasías, pueda por fin descansar y afirmarse, que se complazca en ella misma y entendiendo los verdaderos bienes, entender los cuales es tanto como poseerlos, no añade ningún aumento de un número de años.
Asimismo, ni que el lugar tuviera claridad, de la quitaría el polvo, que si al raso es una cosa pesada y molesta ¿qué hacer allí, donde se revuelve sobre ella misma, y donde, cerrada y sin ninguna espiral, cae sobre lo mismo que la ha levantado?