Ejemplos ?
Pero ahora reía con sus dos cachorros que formaban con él una sola persona, dado el modo curioso como Subercasaux educaba a sus hijos.
Se educaba allí desde tiempo inmemorial un tipo acabado de bohemio, lleno de buenas condiciones de corazón, haragán como una marmota, dormilón como el símil, con una cabeza enorme, cubierta de una melena confusa y tupida como la baja vegetación tropical; reñido con los libros, que no abría jamás, y respondiendo al nombre de "Galerón", sin duda por las dimensiones colosales del sombrero, que tenía la función obligatoria y difícil de cubrir aquella cabeza ciclópea.
pero adorable criatura. ¡Oh, si no tuviera que crecer, no la educaba; y pasaría la vida metiendo los pies en el caldo! Más que a su madre, más que a mí, quiere a ratos la reina de Saba a Maolito, su novio, un vecino de siete años, macho más hermoso que yo y sin barbas que piquen al besarle.
Con el mismo sistema educaba a sus hijos y manejaba a los peones, de modo que, en la casa, eran a cual más mañero, hasta los mismos perros que nunca sabían, cuando se los llamaba, si debían venir o mandarse mudar, por no ser los chirlos, en la casa, resultado legítimo de algún delito, sino de mero capricho.
Todo esto significa que, si hace tres años un estudiante prioritario de primero medio se educaba con una subvención total de $66 mil, hoy lo hace con $95 mil mensuales.
Esta generación si de alguien aprendió fue de nuestros próceres gloriosos, si de alguien aprendió fue de los héroes de la patria, porque en medio de las contradicciones en que vivíamos, en medio de las monstruosas contradicciones en que se nos educaba, esta generación supo beber en la fuente de nuestra historia, en el heroísmo de los Ignacio Agramonte, de los Antonio Maceo, de los José Martí (APLAUSOS).
20 Y Esther, según le tenía mandado Mardochêo, no había declarado su nación ni su pueblo; porque Esther hacía lo que decía Mardochêo, como cuando con él se educaba.
No había asistido ella nunca a una corrida de toros. ¡Su tía la educaba con tal rigidez...! Compré un palco, y las invité galantemente.
Nos tomaba el sacerdote a los cinco años y no nos dejaba sino a los diez y ocho. Educaba e instruía al príncipe como príncipe, al noble como noble y al plebeyo como plebeyo; mas nos adiestraba a todos en el manejo de las armas y nos sometía a los trabajos de la guerra.
Zelamiro tenía trece años: era el hijo único de un gentilhombre de Poitou que lo educaba con toda suerte de cuidados en sus tierras.
Así la voz del pueblo, unísona con la de la familia, repetía esta afirmación: «¡Doña Rafaela Quirós, la Dolorosa, era una santa!» La sobrina, recluida en el convento del Sagrado Corazón, donde se educaba con arreglo a su clase social, creía de un modo tierno y poético en la santidad de la hermana de su madre.
La sexta se llamaba Hébé: tenía doce años, era la hija de un capitán de caballería, hombre de alta condición que vivía en Orléans. La joven había sido seducida y raptada del convento donde se educaba; dos religiosas habían sido sobornadas con dinero.