dulcinea

dulcinea

(De Dulcinea, personaje del Quijote.)
s. f. coloquial Mujer amada.
Traducciones

dulcinea

dulcinea
Ejemplos ?
No, no y no Su invariable amiga.— ilíaniieZa.» IV Si don Simón Bolívar hubiera tropezado un día con el in- glés, seguro que entre los dos habría habido el siguiente diálogo : —Como yo vuelva á saber que escribe á mi dulcinea...
Y tú, la cerca y lejos, por el inmenso llano eterna compañera y estrella de Quijano, lozana labradora fincada en tus terrones —¡oh madre de manchegos y numen de visiones!—, viviste, buena Aldonza, tu vida verdadera cuando tu amante erguía su lanza justiciera y, en tu casona blanca ahechando el rubio trigo, aquel amor de fuego era por ti y contigo. Mujeres de la Mancha, con el sagrado mote de Dulcinea, os salva la gloria del Quijote.
Se le conoce a larga distancia, y es bueno dejarle pasar como al jabalí. ¡Ay del que mire a su Dulcinea! ¡Ay del que la tropiece!
Su manía usual, tan sucia como desagradable para la muchacha, consistía en cagar sobre la misma cara de su dulcinea, ensuciarla todo el rostro con su mierda y después besarla, chuparla en tal estado.
Al otro mandria, de cabeza fría, que todo lo refiere a los sentidos, ¿qué le importan fazañas ni cumplidos, si al sórdido interés tiene por guía? Hidalgo el uno, la hermosura crea que corazón le acepte y homenaje, férvido adorador de Dulcinea.
Quijote concluía las estrofas de cierta poesía a Dulcinea, añadiendo el pie quebrado del Toboso, por escrúpulos de veracidad, así tú puedes poner una nota a tus ofrecimientos líricos de sangre derramada, diciendo, verbigracia: Patria, la sangre que ofrecerte quiero, en lugar de los cantos de mi lira, no tiene mío más, si bien se mira, que el haberme costado mi dinero.
El franciscano se paró delante de la Dulcinea y dijo con clara entonación: «Brindo, preciosa doncella, porque en tus pómulos rojos, jamás contemplen mis ojos de las lágrimas la huella.
Los cincuenta años de edad no son, pues, necesarios para la locura, si bien al amante de Dulcinea no le trabucaron el juicio amores, sino armas andantes, caballerías en las cuales entraban por mucho, es cierto, del corazón las turbulencias.
¡Azotes a don Quijote de la Mancha, caballero de los Leones, emulo de Amadís de Gaula, amante de la sin par Dulcinea, que mañana tendrá dos o tres coronas con que premiar a sus escuderos!
Siem- pre que leo versos de vale enamoradizo, qué echa á. los cuatro vientos los desdenes ó las sonrisas de una dulcinea, me digo: —¿Y á mí qué me cuenta usted?
Por estos campos hubo un amor de fuego Dos ojos abrasaron un corazón manchego. ¿No tuvo en esta Mancha su cuna Dulcinea? ¿No es el Toboso patria de la mujer idea del corazón, engendro e imán de corazones, a quien varón no impregna y aun parirá varones?
En medio de todo, su imaginación persigue constantemente con generoso amor una santa y piadosa Dulcinea: la viudedad para una pobre mujer, o la pensión para unas inocentes hijas.