diva

diva

1. s. f. culto Diosa, deidad femenina.
2. MÚSICA Cantante de ópera o artista que es famosa fue la diva más controvertida de la escena mundial.
3. despectivo Mujer engreída, creída de sí misma.
Traducciones

diva

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diva

diva

diva

SFprima donna, diva
V tb divo
Ejemplos ?
Y aunque sea de puta, pero tengo mis tierritas. ¡Quien quite y llego a ser estrella de cine y me levanto mi estatua de oro! Y me hago la Diva. La ciudad es inmensa.
Coplas bestiales Vistiéndose de azules, doña Gata levanta su bellísima alpargata y bailando ballet sin más vergüenza, no existe una diva que la venza.
Un poco más lejos, silencioso y mamando el puño de su bastón, que era una esfera de níquel, veíamos a don Saturnino Armero, oráculo respetadísimo, ya porque sólo hablaba en contadas ocasiones y para resolver las disputas de mayor cuantía, ya porque era uno de esos maniáticos de arte que tienen la habilidad de meterse por el ojo de una aguja en casa de las eminencias más ariscas e inaccesibles, y ahí le tienen ustedes íntimo amigo de Arrieta, y de Sarasate, y de Gayarre y de Uetam y de Monasterio, y él sabía antes que nadie el tren por que llegaba la Patti a Madrid, y esperaba a la diva en el andén...
Seremos como los huracanes, rugidos solidarios, gigantes aplastando techos ilegítimos, gritos estentóreos de pasados lúcidos, puñales insensibles ante rocas crueles, justicia clara para la injusticia oscura, aliento aurora para las asfixias sombra, grandezas múltiples para la miseria diva y muerte en vida para lo execrable inicuo.
A los primeros gorgoritos de la Duchesini, modulados con agilidad y coquetería, ya mis ojos no acertaban a separarse de la «diva donna».
Quienes repetían los encuentros, por saber el itinerario de la diva sexual, le decían la alegra-dora y siempre la esperaban a la misma hora, pues sabían que pasaría por allí.
Iba y venía la diva por las tablas, zarandeando ese traje de Rosina que parece imponer la viveza de los movimientos, el donaire en el andar y toda la desenfadada y clásica gracia española.
A la lluvia de papelitos y de ripios, siguió otra de pétalos de rosa y de rosas enteras, que alfombraron el escenario; luego, gruesos ramos fueron a rebotar contra las tablas, a los pies de la «diva».
Calculen ustedes lo que les contesté... Yo, ¡que hubiese tendido a los pies de la «diva» el mismísimo palio!... La ópera elegida para el beneficio era la del estreno de la diva, o sea, El Barbero.
Conveníamos los inteligentes en que el papel de Rossina constituía el triunfo de la Duchesini. Cuando se presentó la diva en escena, fue aquello un espasmo, un delirio, un desbordamiento.
Sueltos y artículos en la prensa local, conversaciones en los corrillos, frenéticas salvas de aplausos apenas aparecía en escena la Duchesini, envíos de ramos de flores, con que sabía yo que estaba embalsamado su cuarto -aquel Edén cuya entrada me había vedado a mi propio-, todo iba formando en torno de la «diva» esa atmósfera candente y electrizada que precede a las apoteosis.
los piececitos de la Duchesini, y que yo hubiese querido archivar y gozar pacíficamente, me la estropeaba el nervioso mancebo, que desde el aparecer de la diva se sentía atacado de una especie de epilepsia entusiasta.