Ejemplos ?
Insensiblemente se alejaban los ruidos de la audad, el rodar de los carros, el tumulto de las voces, el ladrido de los perros sobre el puente de los navíos. Emma se desataba el sombrero y llegaban a su isla.
Don Casto levantó la cabeza, y mientras se desataba la manga de percal negro dijo, porque creyó llegada la hora de decir algo: -Caballeros, yo confieso que prefiero las comedias de magia que encierran un fin moral.
¿Qué aspecto presentaría la parte, antes habitada, del globo? Mi fantasía se desataba. Se ofrecían a mi vista las espléndidas ciudades, convertidas repentinamente en vastos cementerios.
En otras ocasiones, desataba las vacas y cuando los vaqueros oían caer las cadenas sobre el suelo del establo, se levantaban e iban a volver a atar a sus animales, pero apenas se volvían a acostar cuando: “¡Drinn!!, las cadenas volvían a caer de nuevo sobre el suelo.
Allá abajo se posaban, como grupos de palomas torcaces, las casitas, y cerca de nosotros una fuente, sombreada por sauces pálidos, se desataba murmuradora, dándome envidia de beber un trago en el hueco de la mano, a la manera primitiva.
Creímos que un aguacero tan terrible pronto escampaba; pero de rato en rato más se desataba el aguacero, hasta que se volvió una granizada que parecía desgranando máiz.
unca Leoncia se había sentido más triste que aquella perruna noche de invierno, última del año, en que la lluvia se desataba torrencial, y las violentas ráfagas, sacudiendo el arbolado del parque, desmelenaban sus ramas escuetas, sin hojas.
Destas tenía yo de ración una para cada cuatro días; y cuando le pedía la llave para ir por ella, si alguno estaba presente, echaba mano al falsopecto y con gran continencia la desataba y me la daba diciendo: “Toma, y vuélvela luego, y no hagáis sino golosinar”, como si debajo della estuvieran todas las conservas de Valencia, con no haber en la dicha cámara, como dije, maldita la otra cosa que las cebollas colgadas de un clavo, las cuales él tenía tan bien por cuenta, que si por malos de mis pecados me desmandara a más de mi tasa, me costara caro.
Tal era la inclemencia de la noche, que sin detenerme a meditarlo, resolví entrar, y gané a tientas la escalera, mientras el galgo preso en la cuadra se desataba en ladridos haciendo sonar los hierros de la cadena.
Lo que fuese ese algo, ni aun lo presumía. Como la cuerda de un reloj loco, su cerebro se desataba y disparaba en pensamientos sin ilación.
Su burla era todavía mayor que su rabia y que su crueldad; era peor que todo: no se desataba de una vez, sino por momentos, exponiéndose a que su pecho estallara; pero contenía su rabia para torturar mejor a su víctima.
Se paraban en la barrera; Emma se desataba los chanclos, cambiaba de guantes, se ponía bien el chal, y veinte pasos más lejos se apeaba de «La Golondrina».