Ejemplos ?
Y, con esto, se despidió de ellas el potentado, dirigiéndoles las frases más cariñosas y expresivas, cual si llevara ya mucho de conocerlas y tratarlas. -¡Excelente persona! -exclamó la viuda, mirando de reojo al Capitán. -¡Muy buen señor!
Asomándome a la ventana vi uno de los rostros tallados en las cabezas de las vigas que me miraba de reojo, y me pareció que era Uriah Heep que había subido allí de algún modo, y la cerré con prisa.
El interrogado, sin dejar de hacer garabatos, miró de reojo a todos los circunstantes, fijóse en el alcalde, que inclinado sobre la mesa enseñaba unos dientes tan grandes como habas cochineras, ansiando la respuesta del viejo, y después de arreglar la chaqueta sobre los hombros, contestó muy pausadamente: -¿Conque...
Míster Micawber, con las dos manos en los bolsillos, se hundía en su sillón y nos miraba de reojo, moviendo la cabeza como para decir que era imposible exponer más claramente la situación.
ALCALDE.- Pues es muy justo que se te pague, porque la paré no debió haberse caído. (Mirando de reojo al madrileño.) Y al menos que denguno la haiga aboticao...
Después de la comida su hijo tomó su lugar, y una vez solos para los postres míster Wickfield, él y yo, se puso a observarme de reojo, haciendo al mismo tiempo las más odiosas contorsiones.
Y pronto vi a mi «mujer-niña» sentada en el suelo al lado de la pagoda china haciendo sonar todas las campanitas, unas después de otras, para castigarle, por su mala conducta, a Jip; pero él continuaba perezosamente tendido en el suelo de su nicho mirándola de reojo como para decirle: « Haz todo lo que quieras; no conseguirás que me mueva con todas tus cosas; soy demasiado perezoso y no me molesto por tan poco».
-Si quiere que le diga la verdad (no se ofenda), he salido porque estaba un poco cansado de estar tanto tiempo en compañía. Me miró de reojo y me dijo con un horrible gesto: -¿Se refiere usted a mi madre?
Secreteando, se cogían la boca como para ahogar la carcajada, que sale espurriante, y lanzaban miradillas de reojo al racimo de mozos, que, fronteros, sin haber soltado sus garrotas y cachavas, permanecían de pie, mudos y amenazadores.
Miradme de reojo, pícaros ladrones de mi hacienda, que yo espero que me las habéis de pagar y que llegaréis a saber lo que es la indigencia como yo lo sé ahora.
Leporelli ya no gritaba; se encerraba en un silencio lleno de desprecio; y cuando Musterini, arrepentido, acongojado, confesando que no había podido vender una vara de tierra para hacerse algunos pesos, ofrecía darle en pago alguna de sus propiedades, lo miraba de reojo, hacía con los labios un gesto de desdén y sacudía los hombros de tal modo que el pobre Musterini no insistía y consideraba, callado, la inmensidad de su ruina.
-Nos encuentra usted, Copperfield -dijo míster Micawber mirando a Traddles de reojo-, establecidos por el momento en una situación modesta y sin pretensiones; pero usted sabe que en el curso de mi carrera he tenido que atravesar tremendas dificultades y muchos obstáculos que vencer.