Ejemplos ?
En 1881 exhibe dos obras al pastel: Criminal Physiognomies, donde retrataba a un grupo de jóvenes, miembros de una pandilla, que habían sido condenados recientemente por asesinato en el llamado "Caso de la Abadía".
Cristo en la Gloria con Romualdo y otros santos de la abadía de Volterra, la Adoración de los Magos de 1488 en la iglesia de los Inocentes (posiblemente su mejor creación) y finalmente la Visitación conservada en el Museo del Louvre y que es probablemente su última obra, de 1491.
Por lo ilustre que era considerado Kipling en Inglaterra y todo el Reino Unido, aparte de haberle brindado él a su imperio la gloria de poseer un Premio Nobel, y aunque a Kipling no le gustaban mucho los premios y honores, decidió, junto a su viuda, ser enterrado en el "Poets' Corner" de la Abadía de Westminster, lugar reservado para los miembros más ilustres del Imperio británico, que yacen junto a reyes y reinas, y en donde actualmente descansan sus restos.
La versión actual del palimpsesto encontrado por los monjes maurinos de la Abadía de Saint-Germain-des-Prés en su biblioteca en el siglo XVIII, aceptada por el mundo científico, es la de D'Ors, de 1960, traducida al castellano y con amplios comentarios.
Tus órdenes, Duncanio, sólo espero.» -«Acabe tu vigor y tu energía La imperfecta pared de la abadía Que no se concluyó, cual yo anhelaba, Porque nuestro dinero escaseaba.» Se oyó al punto un estrépito sonoro De demonios cantando en grave coro Y todos levantaron raudo vuelo A trabajar con el mayor desvelo.
En el sitio donde había estado el cuerpo de San Sacerdote, añade él mismo, que colocó los de la madre de éste, Doña Sancha Gómez, que estaban enterrados humildemente en el cementerio de los labradores, colonos y criados del monasterio, que formaban pueblo y parroquia dependientes de la abadía.
Por último, Birotteau escuchaba atentamente a la señorita Gamard cuando ella decía que un hombre alimentado con un huevo cada mañana debía morir infaliblemente al fin del año, y que eso ya se había visto; que comiendo durante varios días un panecillo tierno, sin beber, se curaba la ciática; que todos los obreros que habían trabajado en la demolición de la abadía de San Martín murieron en el espacio de seis meses; que cierto prefecto había hecho todo lo posible, bajo Bonaparte, por derribar las torres de Saint-Gatien; y otros mil cuentos absurdos.
-Ya esto es mucha mecha, y no la aguanto- exclamó el de Casielldos-rius, y le plantó al provisor una mosquita de Milán, que no otra cosa era un oficio en que prevenía al señor Garcés que si en término de ocho horas no ponía a la Omontes en posesión de la abadía, se alistase para ser enviado a España bajo partida de registro; y que a los otros cuatro canónigos, sus camaradas en la resistencia, les limpiaría el comedero, privándoles de temporalidades hasta que Su Majestad otra cosa dispusiese.
–Además, Voluntad Infinita, ya sabéis que aquel justo varón, Thelme, aquella alma toda bondad que era nuestro orgullo, ha desaparecido... Y aquel otro, el de la Abadía, el que entró tan viejo, el más fiel servidor...
Encarcelado su anciano padre en 1792, en la prisión de la Abadía, ella se encerró con él, y cuando las matanzas de septiembre, le salvó la vida cubriéndole con su cuerpo.
Habrá que conseguir que no vuelva... Thelme... "aquel varón justo"... "y el otro, el de la Abadía"... "y el otro, el de Marte"... ¡ja...
La alusión a los cascos de la época, en el prólogo de Enrique V, puede considerarse como fantástica, aunque Shakespeare debía ver con frecuencia el casco mismo que en Agincourt aterraba el aire, allí, donde aún cuelga, en las espesas tinieblas de la Abadía de Westminster, junto a la silla de aquel diablillo de la fama y del escudo abollado, guarnecido de un terciopelo azul hecho jirones, con sus lises de oro descolorido; pero el uso de cotas militares en Enrique VI es pura arqueología, pues no se llevaban en el siglo XVI, y la propia cota del rey, con toda seguridad, estaba aún suspendida sobre su tumba en tiempo de Shakespeare, concretamente en la capilla de Saint George, de Windsor.