Ejemplos ?
las penas que suspira por la noche el ruiseñor y el rayo de la luna sobre el aura temblador, no vierten un igual encanto para mí que el beso de tus labios de coral.
Besaba su frente pálida, Sus párpados transparentes Y sus mejillas ardientes, Y sus labios de coral, Y los rizos olorosos De su flotante cabello Suspendidos por el cuello En complicada espiral.
Después se pasaba por la tez, suavemente, la borla de los polvos; se pulía las cejas; se bruñía interminablemente las uñas con pasta de coral; se probaba sombreros, lazos, cinturones, piquetes de flores, encajes, que arrugaba alrededor del cuello; en suma: se consagraba largas horas a la autolatría de su beldad.
Era que las cuentas del rosario de la madre Soledad, hechas de huesecillos de aceituna del Olivete, se iban transformando, poco a poco, en cuentas de coral rojo magnífico, y el engarce, de latón, se volvía de oro afiligranado y brillante.
Se desprendían de lo mejor de ellos y se lo entregaban al abuelo de la creación TECUCIZTECATL le ofrecía plumas bellísimas, pelotas luminosas como estrellas, espinas de coral rojo como la sangre y aroma de copal.
No tenía quince años, ni labios de coral, ni dientes de perlas, ni ojos color de cielo, ni cabellos de ángel, ni sus divinos ojos estaban siempre contemplando el firmamento, ni menos se alimentaba de suspiros y lágrimas.
Aun las mujeres eran víctimas del despótico brigadier, que hacía encerrar por algunas horas en los calabozos del cuartel a las limeñas que lucían aretes de coral o rizos en el peinado, adornos que el Robespierre del Perú, como se le llamaba, calificó de revolucionarios.
Al día siguiente, una cuenta del rosario era de coral, y la madre Soledad gimió: «Es una gota de mi sangre; la he sentido subir y caer de la boca...».
máscara hecha añicos por limosnas que compraban apariencias de felicidad, preferencia de sótanos embargados sobre libres velas para navegar y al hallazgo del teatro sumergido, fluyó la agonía de mi zozobra imbécil para encallar en islas de coral y acero.
Y tan calladamente y tan hurañamente como había vivido, murió la monja del rosario milagroso el día mismo en que la última cuenta de hueso se convirtió en purpúreo grano de coral.
Ricardo reía con el abandono de la infancia, y Virginia contemplaba, cada vez más extasiada, los dos arcos de perlas diminutas, iguales y centellantes que resaltaban tras de sus labios como engastadas en dos círculos de coral.
Sobreentendido que en las bienandanzas no olvidaba a su Estrella y a los hijitos de su sangre. Allá te iban para la reina faldamentas de raso y medios talles de Manila y sartas de coral y arracadas y peines.