Ejemplos ?
Además, era hacer escarnio de los pobres, de los desheredados de la suerte, servir a una damisela de la aristocracia, aparte y para ella sola, tan magnífica ración.
Al ver a la gentil damisela que le miraba con ardiente interés -que miraba su labor, su faena extraña-, el jayán sonrió, avanzó, tendió los brazos negros de escoria y apretó contra su pecho de oso a Querubina.
Su corazón ardía por la damisela que había de heredar todo aquello, imaginándose lo fácil que sería transformarlo en dinero contante y sonante, que podría invertirse en inmensas extensiones de tierras vírgenes y palacios de madera en otras soledades.
Esa damisela es una doña Remilgos y necesita un marido de la cáscara amarga, como yo, que con una paliza a tiempo estaba seguro de curarla de espantos.
En cuanto hubo colocado a la damisela sobre el colchón, en la actitud de un cadáver, le hizo dar a su boca y a sus ojos las impresiones del dolor, dejó flotar sus cabellos sobre el seno desnudo, colocó cerca de ella un puñal y embadurnó el lado del corazón con sangre de pollo, con la forma de una herida ancha como la mano.
Venga, señora; a fin de que no esté intranquila por su damisela, voy a situarla en un lugar desde donde podrá oír y observar toda la escena.
Se le veía, generalmente, saltando como un potrillo, al lado de su madre, vistiendo un par de pantalones, cortados de otros viejos del autor de sus días, que sostenía con una mano, con la misma elegancia con que una damisela recoge su larga falda, para evitar que se ensucie, cuando hace mal tiempo.
En este período crítico de la vida femenina, cuando el corazón de una damisela, como el que dije que cuelga de su cuello y que es su emblema, se inclina a aceptar una imagen única, empezó a frecuentar un nuevo visitante la casa de Wolfert Webber.
Tenía que poner sanguijuelas a un fraile, sinapismos a una damisela, sacar un raigón a la mujer del corregidor, afeitar a un cabildante, hacer la corona a un monago y cortar las trenzas a una muchacha mal inclinada.
El padre era áspero de genio y muy montado a la antigua. El viejo se metió en sus calzones y la damisela en sus polleritas. «O te casas o te enjaulo en un convento», dijo su merced.
Recuerdo que al tercer día ya tuteaba a un príncipe napolitano, y no hubo entonces damisela mareada a cuya pálida y despeinada frente no sirviese mi mano de reclinatorio.
Esto, un mucho de repetir de coro trisagios y novenas, un poco de condimentar dulces y ensaladas y un nada de trato de gentes, y pare usted de contar, fue la educación de la millonaria y bella damisela.