Ejemplos ?
¡Con qué íntima complacencia volví aquella noche a mi cuartito después de haberle dado mi abrigo al que más tarde sería Presidente!
En un barrio obscuro de Londres, casi fuera de la ciudad, vivía bajo humilde techo un hombre de años en un cuartito mezquino en casa ajena.
Estaba encerrado en una pobre jaula que el inquilino que había ocupado antes que ellos el modesto cuartito, había dejado abandonada.
¡Afortunadamente, pronto me iré a mi cuartito de la calle de Tudescos, a la oficina de mi seráfico pariente y a mi casino de mi alma y cesará este martirio a que me ha condenado usted con su cara, su cuerpo y sus acciones de serafín, y con su frialdad, sus bromas y su sonrisa de demonio!
Pero en 1834 empezó a correr el rumor de que después de las diez de la noche salía del cuartito de los muertos un bulto vestido de negro, el cual bulto, que tenía forma femenina, se presentaba armado con una linterna sorda cada vez que sentía pasos varoniles por la calle.
Y aquí tiene usted, mi amigo, el cómo y el porqué jesuitas y franciscanos echaron pelillos al agua y se unieron como uña y dedo; pues cuando se desvaneció en sus cerebros el gloriado de la bruja, entraren en cuentas con la conciencia y sacaron en limpio que les convenía dejarse de rivalidades y ser grandes amigotes, única manera de impedir que alguna de las partes contrincantes soltase lengua, llegando así a imponerse el mundo de que, como humanos, habían tenido su cuartito de hora de fragilidad.
Su vida material (la de Zurita) no tenía accidentes dignos de mención. Pasaba el día en la Universidad o en su cuartito junto a la cocina.
Voy a darle la llave esta noche. Miramos en el otro cuartito y volvimos al lado de mistress Gudmige, que continuaba sentada en el cofre.
Cuando por la mañana temprano me arrodillo en mi cuna, en mi cuartito, al lado de la habitación de mi madre, y miro por la ventana y veo a los corderos que están allí paciendo, y veo la luz roja reflejándose en el reloj de sol, pienso: «¡Qué alegre es el reloj de sol!», y me maravilla que también hoy siga marcando el tiempo.
Entonces, en la intimidad de mi cuartito, Peggotty me explicó que Ham y Emily eran un sobrino y una sobrina huérfanos a quienes mi huésped había adoptado en diferentes épocas, cuando quedaron sin recursos, y que mistress Gudmige era la viuda de un socio suyo que había muerto muy pobre.
Pero Peggotty me dijo, cuando me fue alumbrando hasta un cuartito donde el libro de los cocodrilos me aguardaba encima de una mesa, que Ham era siempre el mismo.
Estaba muy limpio el cuartito, y Cecilia, sentada en una silleta baja, miraba al través de la reja, con ansia infinita, el espacio azul del cielo y el espacio verde del jardín.