costurera

Traducciones

costurera

tailor, femaletailor, dressmaker, seamstress

costurera

couturière

costurera

Syerske

costurera

sömmerska

costurera

SFdressmaker, seamstress
Ejemplos ?
A la mañana siguiente, la más habilidosa costurera del país hizo el vestido; estaba bien de ancho, bien de largo y no tenía una arruga.
En plata, lector: la costurera me infunde cierto respetillo, y no quiero echar sobre mi conciencia el compromiso de hacer su retrato.
Sus facciones consumidas, sus carnes blandas y semiazuladas, sus brazos y piernas flacos, sus dedos de arañita, revelaban la desnutrición, el régimen del hambre. La costurera le cogió en vilo y le sintió ligero como una pluma.
-repetían al bajar las escaleras, despidiéndose todavía, con una sonrisa, de la costurera, que salía al descansillo, a murmurar por última vez: -Se hará, señora...
Para que el labrador disfrute del producto de sus cuidados, y el minero, sin sacrificar la vida, tenga pan abundante; para que la humilde costurera cosa vestidos para ella y goce también de las dulzuras de la vida...
Escribir un libro de costumbres montañesas y no dedicar algunas páginas a la costurera sería quitar a Santander uno de los rasgos más característicos de su fisonomía.
No se hacía en Areal nada más elegante. Con extrañeza notó Selme que la costurera no admiraba el pequeño féretro. Acababa de fijar ahincadamente la vista en el jergón donde reposaba el cuerpecito, amortajado con el traje de los días de fiesta y la marmota de lana blanca y moños de colores.
Selme desdobló el papel y contó escrupulosamente la suma. Sobraban unas perras; las devolvió, echándolas en el regazo de la costurera, que había vuelto a sentarse.
¡A fellas que los chiquillos nácente y médrante más pronto que los carballos! -Selme -respondió la costurera, con la misma frialdad-, coge ahí de la lacena una botella que hay mediada y echarás un vaso.
Todos de bureo: sólo Carlota, la costurera, siempre tan rara, como sus compañeras decían, continuaba allí, refractaria a la diversión, tirando de la aguja, interrumpiendo con el rápido ticliteo de sus ágiles tijeras el silencio solemne del gabinete amueblado a estilo Imperio, donde hacía labor.
La memoria, con monótona persistencia, murmuraba su canción de vieja hilandera de telarañas sombrías, en un rincón del cerebro de la costurera humilde: «Has pecado, fuiste abandonada, tu niño murió; no tienes ya derecho a ninguna alegría, a ningún placer.
Hay en la casa a todas horas una costurera que siempre está con el pecho atravesado por una aguja, come y duerme en la casa, y verdaderamente creo que estará con el dedal puesto hasta para comer, beber y dormir.