cortesano

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cortesano, a

(Del ital. cortegiano.)
1. adj. De la corte la confabulación se gestó en los círculos cortesanos.
2. s. Persona que servía en la corte las cortesanas se deleitaban oyendo los versos del trovador.

cortesano, -na

 
adj. Relativo a la corte.
Cortés.
m. Palaciego que sirve al rey en la corte.
f. Prostituta.

cortesano, -na

(koɾte'sano, -na)
abreviación
que pertenece al lugar de residencia y gobierno del rey vida cortesana

cortesano, -na


sustantivo masculino-femenino
noble al servicio del rey en la corte En el palacio vivían mil cortesanos.
Sinónimos

cortesano

sustantivo masculino
Traducciones

cortesano

court, courtier, polite

cortesano

cortigiano

cortesano

Cortesão

cortesano

Dworzanin

cortesano

朝臣

cortesano

朝臣

cortesano

廷臣

cortesano

A. ADJof the court, courtly
ceremonias cortesanascourt ceremony
B. SMcourtier
Ejemplos ?
Este don Lope, que espanto De las cortesanas era, Su oro gastaba en secreto Pródigamente con ellas, Y a pesar de su faz torva, De su voz ronca y severa, Y de su amor a las leyes Y timorata conciencia, Se le bailaban los ojos Al dar con una mozuela Morenilla y vivaracha, Desenfadada y resuelta; Y como hiciese su encuentro Por alguna callejuela Excusada y solitaria, Fingiendo tomar las señas De cualquier casa, tendía Por el embozo tras ella Los encandilados ojos, ¡Y qué cintura!, ¡qué pierna!
Sus cerebros son invernaderos de flores cortesanas que al extenderse sobre el lecho del Sibarita tienen cuidado de no formar ni un pliegue que moleste.
Así, un día que Gigena nos dio por tema de disertación escrita este cuadro de Suetonio: "Nerón, desde lo alto del Capitolio, rodeado de sus cortesanas, la lira en la mano y ceñida la frente de guirnaldas, contempla el incendio de Roma", no sé qué pasó por mí.
Para celebrar su recepción, Peralta, el poeta de la Lima fundada, publicó un panegírico del virrey napolitano, y Bermúdez de la Torre, otro titulado El sol en el zodíaco. Ambos libros son un hacinamiento de conceptos extravagantes y de lisonjas cortesanas en estilo gongorino y campanudo.
¡Sólo hay un padre eterno en el mundo, y la desgracia ha querido que sea yo quien lo tenga! Las siete cortesanas de Ferrara, los amigos de don Juan y el mismo Príncipe lanzaron un grito de horror.
De esta manera, lastimados los pies y los ojos de ver y andar por ruinas que aún humean, reentra en sí el poeta lírico, que siempre fue, en más o en menos, poeta personal, –y pone los ojos en las batallas y solemnidades de la naturaleza, aquel que hubiera sido en épocas cortesanas, conventuales o sangrientas, poeta de epopeya.
Luego, abrazándome fuertemente y cubriéndome de besos me echaba los más tiernos requiebros, pero no como las cortesanas, cuyos favores son un vil comercio y los prodigan al primer comprador de ellos, si no con la vivacidad de la más sincera y violenta pasión: «¡Te amo!
A las funciones de iglesia suceden las cabalgadas, a los consejos de corte, los alardes y las danzas; los saraos a los banquetes, a los torneos las farsas, a las consultas y audiencias festejos, toros y cañas. Todo es movimiento y vida, todo actividad extraña, todo bélico aparato, todo fiestas cortesanas.
Brillaban en los collares de las cortesanas, en las condecoraciones exóticas de los rastaquers, en los anillos de los príncipes italianos y en los brazaletes de las primadonas.
Mas la noche silenciosa Por el firmamento sube, Sin que la manche una nube, Engalanada y vistosa. Que en vez de sombra importuna Vienen siguiendo sus huellas Mil ejércitos de estrellas, Cortesanas de la luna.
E in­cluso la primera vez que hizo representar una obra no partió en guerra contra el común de los mortales sino que atacó con furor de Heracles a los más grandes y, en su primer ensayo, tuvo la audacia de medir sus fuerzas con el monstruo de acerados colmillos, ese monstruo cuyos ojos, como los de Cinna lanzaban miradas de terribles fulgores mientras que cien cabezas de cortesanas, con dolorosas súplicas le lamían el cráneo puestas en círculo.
Y es preciso que, a fuer de verídica, añada que Zenana no era tampoco lo que se llama una hermosura, ni menos poseía el hechizo malvado de las grandes cortesanas de Babilonia, que sabían con añagazas y tretas enredar un albedrío.