Ejemplos ?
La señora Antonia, la viuda, tenía a su cargo el pésame y la oratoria consoladora, por ser la más suelta de lengua y de mejor explicación entre todas las viejas de la parroquia de Boiro.
(197) El reclinado entre sus brazos bellos Y tal vez harto de placer, dormia Mullido cabezal hallando en ellos. Pero sonó á deshora Confuso son de pasos por la estancia, Y faltando la luz consoladora Menguaba de los pasos la distancia.
Pero todavía hay en estas circunstancias otra consideración más consoladora aún: Estos hombres han hecho redactar y discutir y aprobar la Constitución que ha de regirnos.
Tenemos tiempo. No era una perspectiva muy consoladora para un amante apasionado, pero estaba encantado de que mi tía conociera el secreto.
Somos los descamisados, no traficamos con nuestra conciencia, pero el sol que lucirá hoy no se ocultará en el horizonte sin presenciar nuestra victoria democrática, y los que pretenden insultar la miseria y la inquebrantable firmeza de los que no están con ellos, tendrán que estampar en sus periódicos esta consoladora noticia: ¡los descamisados han triunfado!
(8) Venid, yo no hollaré con mis cantares Del pueblo en que hé nacido la creéncia, Respetaré su ley y sus altares; En su desgracia á par que en su opulencia Celebraré su fuerza, ó sus azares, Y fiel ministro de la gaya ciencia Levantaré mi voz consoladora, Sobre las ruinas en que España llora.
Escucha ¡Blanca bella! La voz enamorada (181) De tu libertador, y oirá en ella Tu alma acongojada Consoladora música encantada. Yo nací oh ¡Blanca!
¡El poema está en la naturaleza, madre de senos próvidos, esposa que jamás desama, oráculo que siempre responde, poeta de mil lenguas, maga que hace entender lo que no dice, consoladora que fortifica y embalsama!
Patria es algo más que opresión, algo más que pedazos de terreno sin libertad y sin vida, algo más que derecho de posesión a la fuerza. Patria es comunidad de intereses, unidad de tradiciones, unidad de fines, fusión dulcísima y consoladora de amores y esperanzas.
El recuerdo de los Micawber me preocupaba a menudo; pero era sobre todo preguntándome cuáles serían los «compromisos pecuniarios» que estaban a punto de contraer en Canterbury, y para recordar la confusión con que mister Micawber me había recibido al poco tiempo de ser el empleado de Uriah Heep. Escribí una carta consoladora a mistress Micawber, en nombre de los dos, y la firmamos también los dos.
El cielo, a mi penar compadecido, de mi dolor la fiel consoladora en ti me deparó: la vez primera (¿Te acuerdas, ola?) que los dos vagamos del Yumurí tranquilo en la ribera y me sentí renacer: el pecho mío rasgaban los dolores.
Aquellos ojuelos fosforescentes, aquella boca enarcada y colmilluda, después de los relatos que acababa de oír, no se prestaban a otra comparación más, consoladora.