Ejemplos ?
¡Tener libreta!, es decir, cuenta abierta en la casa de negocio; poder -sin dar un peso en efectivo, durante todo el año, de esquila a esquila- sacar de la casa todo lo necesario a la manutención de la familia y a la administración del rebaño: comestibles y maderas, vacios, ropa, calzado, remedios, muebles y utensilios, y el antisárnico para curar las ovejas, y las tijeras para esquilarlas, o las herramientas para mover la tierra, y los aperos y monturas, todo, en fin; y también, de cuando en cuando, poder girar contra la casa un valecito por algunos pesos: para sueldo de algún peón conchabado en un momento de apuro...
Quedaba la última, y disputábanse la posesión de ella un fraile dominico, cuyo nombre calla la crónica, y Alonso de Luque, el conquistador, anciano generalmente estimado, y que por su familia en el reino de León ostentaba escudo de armas, castillo de oro en gules y ocho arminios negros por orla. -Perdono su paternidad -decía Luque,- el pescado es mío, que en tres duros lo tengo conchabado.
Juan llegó así a tener, al cabo de algunos años, un capitalito bastante regular y pensando con razón que para trabajar en la Argentina toda la vida conchabado, mejor hubiera sido quedarse en su tierra, dejó a otro el puesto y compró un campito y dos mil ovejas.
Mientras estaba trabajando con unos hombres a quienes había conchabado, pues era tarea difícil reducir ese humilde, pero turbulento rebaño, pasaron por la orilla del corral sus otros tres hermanos.
Mientras inmóvil contemplaba sus líneas de pescar, sentado en su bote, vagaba su imaginación; recorría, soñando, todos los recovecos y meandros del Paraná que tantas veces había visitado, conchabado de marinero en alguna lancha de marcha lenta, echando semanas, cuando no meses, para llevar algunas mercaderías de Buenos Aires a Corrientes o a la Asunción y regresando más ligero a favor de la corriente, cuando no faltaba el agua, y trayendo, sin urgencia, los cargamentos de yerba, de cueros y otros productos.
Le había caído en gracia Sapito; lo había visto muchas veces trabajando en la estancia donde estaba conchabado el padre, siempre dispuesto, alegre, risueño, obedeciendo sin rezongar cualquier cosa que le mandaran, y le había gustado.
Pronto se había conchabado en un tambo de los suburbios, en casa de un compatriota suyo, con un sueldo regular que, por comparación, le parecía una fortuna, y lo que todavía le parecía mejor, leche y carne a discreción, como si en la Argentina fueran Pascuas todos los días del año.
Se acercaba junio; no había que perder tiempo y José María conchabó peones; no era cosa de dejar perder ni un gajo, pudiéndolo evitar; y plantó, plantó sin descanso, plantó con pasión, con furor; y con los peones que había conchabado, llegó a colocar como doscientas mil plantas entre duraznos, paraísos, sauces y álamos.
Y era el caso que los cuatro sastres, únicos que la ciudad poseía para vestir a poco más de mil pobladores españoles, se habían conchabado para cobrar precios muy subidos por la hechura de un jubón acuchillado, unos gregüescos de piti-pití, un rebocillo parmesano o una falda de damasco con tontillo de rebusca y corpiño de terciopelo, que en ese siglo eran los sastres modistas del sexo bello.
La cubierta toda rebosaba de instalaciones improvisadas, para caballos y mulas; de carros y rodados de todas clases, de cajones, de barricas, de baúles y de catres; muchos pasajeros apiñados en la proa: soldados que acompañaban hasta la isla de los Estados, a los presidiarios, encerrados ya en la sentina; peones de un agrimensor que iba a descifrar, por primera vez, los misterios de algún retazo del desierto; y, mezclados con hombres rubios y fornidos del Norte de Europa y con criollos puros, unos pocos inmigrantes napolitanos, en busca quizás de clima clemente, y que se habían conchabado para ir a la Tierra del Fuego...
Con estos, en general, hay abundancia de peones y poco que hacer, bajo la indulgente vigilancia de los capataces, mientras que el amo, joven y amoroso, en vez de engordar el caballo con el ojo, pasa vista a los puestos, para elegir la vaquilloncita más sabrosa y tratar de echarle el lazo, o anda por la ciudad, en busca de ovejas algo refinadas. Y la vida corre, suavecita, para el paisano conchabado.
-Patrón, contestó Sandalio, esbozando una sonrisa respetuosamente irónica, yo me he conchabado para peón de campo; no para trabajos de a pie.