comendador

(redireccionado de comendadora)

comendador

(Del lat. commendare, confiar, recomendar.)
1. s. m. HISTORIA Caballero que tenía encomienda en alguna orden militar o de caballería el comendador del castillo era muy impopular en la corte.
2. RELIGIÓN Superior del convento en algunas órdenes religiosas el comendador de la Merced se acercó al estrado.
3. comendador mayor MILITAR Dignidad, en algunas órdenes militares, inmediatamente inferior a la de maestre.

comendador

 
m. Caballero que tenía encomienda en alguna de las órdenes militares o de caballeros.
El que en las órdenes de distinción tiene dignidad superior a la de caballero e inferior a la de gran cruz.
comendador mayor Dignidad en algunas órdenes militares, inmediatamente inferior a la de maestre.
lit. Personaje de El burlador de Sevilla y convidado de piedra, de Tirso de Molina. También llamado comendador de Calatrava.

comendador

(komenda'ðoɾ)
sustantivo masculino
1. historia caballero con alguna encomienda en órdenes militares el comendador de la corte
2. religión sacerdote superior en ciertas órdenes religiosas El comendador de la Merced fue invitado a la ceremonia.
Traducciones

comendador

commendatore

comendador

Commander

comendador

commandant

comendador

comandante

comendador

قائد

comendador

指挥官

comendador

指揮官

comendador

Komentaja

comendador

사령관

comendador

Commander

comendador

SMknight commander (of a military order)
Ejemplos ?
Finalmente, en un ángulo del salón (desde donde podía ver el cielo, las copas de algunos árboles y los rojizos torreones de la Alhambra, pero donde no podía ser vista sino por las aves que revoloteaban sobre el cauce del río Darro), estaba sentada en un sitial, inmóvil, con la mirada perdida en el infinito azul de la atmósfera y pasando lentamente con los dedos las cuentas de ámbar de larguísimo rosario, una monja, o, por mejor decir, una Comendadora de Santiago, como de treinta años de edad, vestida con las ropas un poco seglares que estas señoras suelen usar en sus celdas.
La Comendadora era alta, recia, esbelta y armónica, como aquella nobilísima cariátide que se admira a la entrada de las galerías de escultura del Vaticano.
¡Pégame, si eres capaz! La Comendadora se levantó con aire desdeñoso, y se dirigió hacia la puerta, sin hacer caso alguno del niño.
¿Qué era, en tanto, del corazón y del alma de la Comendadora, de aquel corazón y de aquella alma cuya súbita eflorescencia fue tan exuberante?
La traslación a su casa le volvió la salud y las fuerzas, ya que no la alegría; pero como por entonces ocurriera la muerte de su hermano Alfonso, de quien sólo quedó un niño de tres años, alcanzóse que la Comendadora continuase indefinidamente con su casa por clausura, a fin de que acompañara a su anciana madre y cuidase a su tierno sobrino, único y universal heredero del Condado de Santos.
-¡Satanás!... -balbuceó la Comendadora, mirando de hito en hito a su madre. El niño se revolcó en el suelo como una serpiente, púsose morado, volvió a llamar a su tía y luego quedó inmóvil, agarrotado, sin respiración.
Desde aquel día la joven Comendadora fue el asombro y el ídolo de la Comunidad y de cuantas personas entraban en aquel convento cuya regla es muy lata, como la de todos los de su Orden.
El niño se levantó de pronto, tiró los restos del libro, y se marchó de la sala, cantando a voces, sin duda en busca de otro objeto que romper, y las dos señoras siguieron sentadas donde mismo las dejamos hace poco; sólo que la anciana volvió a su interrumpida lectura, y la Comendadora dejó de pasar las cuentas del rosario.
¿En qué pensaba la Comendadora? ¡Quién sabe!... La primavera había principiado... Algunos canarios y ruiseñores, enjaulados y colgados a la parte afuera de los balcones de aquel aposento, mantenían no sé qué diálogos con los pajarillos de ambos sexos que moraban libres y dichosos en las arboledas de la Alhambra, a los cuales referían tal vez aquellos míseros cautivos tristezas y aburrimientos propios de toda vida sin amor...
Percibíanse, además, en filosófico concierto, los perpetuos arrullos del agua del río, el confuso rumor de la capital, el compasado golpe de una péndola que en el salón había, y el remoto clamor de unas campanas que lo mismo podían estar tocando a fiesta que a entierro, a bautizo de recién nacido que a profesión de otra Comendadora de Santiago...
Todo esto, y aquel sol que volvía en busca de nuestra aterida zona, y aquel pedazo de firmamento azul en que se perdían la vista y el espíritu, y aquellas torres de la Alhambra, llenas de románticos y voluptuosos recuerdos, y los árboles que florecían a su pie como cuando Granada era sarracena...; todo, todo debía de pesar de un modo horrible sobre el alma de aquella mujer de treinta años, cuya vida anterior había sido igual a su vida presente, y cuya existencia futura no podía ser ya más de una lenta y continua repetición de tan melancólicos instantes... La vuelta del niño a la sala sacó a la Comendadora de su abstracción e hizo interrumpir otra vez a la condesa su lectura.
¡Soy yo más valiente que él y lo echaré a la calle, mientras que el escultor se quedará en casa! ¡Tía! -continuó el niño, dirigiéndose a la Comendadora-, yo quiero verte desnuda... -¡Jesús!