Ejemplos ?
Pues te haces pagar un sueldo de los fondos del Estado, con lo cual cada uno mira sólo a su particular provecho, y la cosa pública anda cojeando como Esimo.
¡Qué sabe del amor el que no tuvo que despreciar precisamente aquello que amaba! Con tu amor aíslate, y con tu crear, hermano mío, y sólo más tarde te seguirá la justicia cojeando.
Apartó de la llama los fuelles y puso en un arcón de plata las herramientas con que trabajaba; enjugóse con una esponja el sudor del rostro, de las manos, del vigoroso cuello y del velludo pecho; vistió la túnica, tomó el fornido cetro, y salió cojeando, apoyado en dos estatuas de oro que eran semejantes a vivientes jóvenes, pues tenían inteligencia, voz y fuerza, y hallábanse ejercitadas en las obras propias de los inmortales dioses.
Salté a tierra, pero con tan mala fortuna que me hice daño en una pierna. Cojeando un poco, logré llegar a la orilla del Guadalquivir, y me acerqué al sitio donde los viajeros habían abandonado su almuerzo; era lo que yo necesitaba, pues me encontraba agotadísimo.
qué siempre tan cambiante, tu perfil! ¡Voluntario italiano, entre cuyos animales de batalla un león abisinio va cojeando! ¡Voluntario soviético, marchando a la cabeza de tu pecho universal!
Y así que lo vio en lo alto de la ribera Habitagujeros —el cual, hallándose sumamente abatido, se retiraba del combate cojeando— saltó a un foso para escapar de la horrible muerte.
Mas cuando llegó a los bajeles del divino Odiseo —allí se celebraban las juntas y se administraba justicia ante los altares erigidos a los dioses—, regresaba del combate cojeando, el noble Eurípilo Evemónida, que había recibido un flechazo en el muslo: abundante sudor corría por su cabeza y sus hombros, y la negra sangre brotaba de la grave herida, pero su inteligencia permanecía firme.
El intrépido Tidida y el divino Odiseo, ministros de Ares, acudieron cojeando, apoyándose en el arrimo de la lanza —aún no tenían curadas las graves heridas— y se sentaron delante de todos.
Todos los lancheros se habían ido ya; solamente el viejo tío Lucas, que por la mañana se estropeara un pie al subir una barrica a un carretón, y que, aunque cojín cojeando, había trabajado todo el día, estaba sentado en una piedra, y, con la pipa en la boca, veía triste el mar.
El tuerto avanzó cojeando hasta Ergueta, lo tomó de un brazo y casi arrastrándolo lo llevó hasta una cama frontera, donde yacía inmóvil un hombrecito de cabeza redonda y nariz enorme.
Y porque le estimaban, al llamarle se reían con gruesas carcajadas, mas el Rengo reconociéndome desde lejos, para gozar de su popularidad caminaba despacio, cojeando ligeramente.
Hipólito, el mozo del mesón, fue a tomar por las riendas los caballos del cochero, y cojeando con su pie zopo, los llevó bajo el porche del «Lion d'Or», donde muchos campesinos se amontonaron para ver el coche.