citereo

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citereo, a

(Del lat. cythereius.)
adj. literario De la diosa Afrodita templo citereo; escultura citerea.

citereo, -a

 
adj. poét.Relativo a Venus, adorada en la isla de Citeres, hoy Cerigo.
Ejemplos ?
Tomó aquella campestre Citerea de entre las yeguas la que más valora; y cobra pensamiento de repente de regresar a su nativo Oriente.
¿Qué isla es ésta, triste y negra? —Es Citerea, Nos dicen, país celebrado en las canciones, El dorado banal de todos los galanes en el pasado.
19 ¿Pues qué diré del ganadero Anquises? Mas pregúntale a Venus citerea, quién es el hortelano de sus lises o el pincel en el Ida de su idea.
Y fuera del arbusto en que aguardaba hace improvisamente de sí muestra, como fuera de selva o umbrosa cava Diana en escena o Citerea se muestra.
A Eneas le parió Citerea de bella corona, en placentero contacto con el héroe Anquises en las cumbres azotadas por el viento del escabroso Ida.
Para colmo de atractivos, esta generosa atleta de Citerea, herida en varios combates, tenía una teta de menos y tres dedos cortados.
Salió del mar la augusta y bella diosa, y bajo sus delicados pies crecía la hierba en torno. Afrodita la llaman los dioses y hombres, porque nació en medio de la espuma, y también Citerea, porque se dirigió a Citera.
Justine se portó como una verdadera heroína de Citerea, y nuestro disoluto vino a confesarme que poseía yo un tesoro y que en su vida había sido fustigado como por aquella bribona.
Ya Venus Citerea guía los coros al asomar la luna; las modestas Gracias, unidas con las Ninfas, danzan joviales en las praderas, y el ardiente Vulcano abrasa los antros donde trabajan los Cíclopes.
De pronto huyó la visión, surgió la ninfa del estanque, semejante a Citerea en su onda, y recogiendo sus cabellos que goteaban brillantes, corrió por los rosales tras las lilas y violetas, más allá de los tupidos arbolares, hasta ocultarse a mi vista, hasta perderse, ¡ay!, por un recodo; y quedé yo, poeta lírico, fauno burlado, viendo a las grandes aves alabastrinas como mofándose de mí, tendiéndome sus largos cuellos en cuyo extremo brillaba bruñida el ágata de sus picos.
A su paso huyen del bosque las errantes ninfas, muere en el mar la voz de las sirenas, desparece en las linfas del claro arroyo la voluble ondina, Juno depone el cetro, la musa olvida el cadencioso metro de los festines lúbricos, su danza torpe suspende la bacante impura junto al altar de Venus Citerea, y otra aurora de amor y de esperanza logra encender, tras de la noche oscura del mundo, al fin, la Virgen de Judea.
Entonces verdaderamente Citerea con su mano se golpeó, una y otra, el pecho, y al Enéada pugna por esconder en esa nube con la que antes Paris fue arrebatado al infesto Atrida 805 y Eneas de Diomedes había huido a las espadas.