Ejemplos ?
El programa Red Cultura, ya en acción en 172 municipios a lo largo de Chile, apunta a llenar esos nuevos espacios con arte, cine, literatura, música, baile y cultura.
"Mi esposa tiene dos tías que son señoritas ya grandes, y que de ves en cuando las llevamos al cine o a cenar, o las sacamos a distraer cuando el tiempo me lo permite, que es muy de vez en cuando.
Todo lo tenemos planeado; hasta el mínimo detalle: Anuncios de promoción, sorteos, ¡Uff!, con decirle que también hay alguno que otro escandalito por ahí para aumentar la fama del lugar. Tenemos tan buenos publicistas que el triunfo es de esperarse: cine, radio, televisión, prensa, señor, ¿Quiere más poder?
Ella vive aquí en el centro de la Soledad, muy dentro: casonas de olor a ayer. El barrio sabor a cine sin ningún olor a tíner; aún no es tiempo de Te-vé.
Ni siquiera saben de eso. Sólo les hablarán de falsos héroes que ven por la televisión, los video juegos, el cine y las revistas.
Tenía ella entonces, cuando vivíamos en el mundo, la más divina belleza que la epopeya del cine ha lanzado a miles de leguas y expuesto a la mirada fija de los hombres.
Las condiciones materiales para su ejercicio están dadas por el hecho de que la prensa, la radio, la televisión, el cine y otros medios de difusión masiva son de propiedad estatal o social y no pueden ser objeto, en ningún caso, de propiedad privada, lo que asegura su uso al servicio exclusivo del pueblo trabajador y del interés de la sociedad.
Todos recuerdan a Duncan Wyoming, el extraordinario actor que, comenzando su carrera al mismo tiempo que William Hart, tuvo, como éste y a la par de éste, las mismas hondas virtudes de interpretación viril. Hart ha dado ya al cine todo lo que podíamos esperar de él, y es un astro que cae.
O EN CUALQUIER ANDÉN... EN ESE BAR... EN AQUEL CAFÉ... EN UN BURDO CINE.. O EN GRANDE SALÓN... ACASO EN UN TEATRO O EN CUARTO DE HOTEL SE ARRUMBAN...
Algunos se olvidaban de sus preocupaciones y se entregaban a platicar con el vecino de los más variados temas: La eterna vida cara; los perennes políticos descarados que manufacturaban negocios particulares a costa del pueblo dizque trabajador; la inmarcesible y famosa actriz de cine, prostituta discreta; de los fuertes puñetazos del boxeador de moda, cretino salvaje de siempre o de los patadistas que se habían destrozado las espinillas por culpa de un balón fugaz, pero adinerador.
—No es la situación económica—me decía—, sino el desamparo moral. Y en este infierno del cine... En el momento de morir, bajándonos a su mujer y a mí hasta la almohada, y con voz ya difícil: —Confíate a Grant, Enid...
Ya debían comenzar a vender los boletos ¡Qué bárbaros! Y desde el pórtico del cine miró con desespero y cierto desprecio al gentío que alargaba una cauda al parecer inacabable.