Ejemplos ?
Íbase el buen caballero Sobre las crines tendido Recortándola un sendero, Con un venablo de acero A matarla apercibido; Y huía desalentada La cierva delante de él, Sintiendo desesperada La carrera aventajada Del poderoso corcel.
-Lo que, abatida por la zarpa del león, sentirá la cierva herida; lo que la garza, oprimida por la garra del halcón: Algo que no es vil excusa ni santa conformidad; que ni asiente ni rehúsa; ¡horrible mezcla confusa de estupor y de ansiedad!
Ninfa, según creo te empeña en su carrera la cierva más ligera que habita de estos sitios la frescura, ven aquí a disfrutar del aura pura, que dañará tus pies tanta fatiga; la tarde se apresura, no tardes en venir, mi dulce amiga.
A decir verdad, la mujer, al igual que en las edades prehistóricas, está considerada, no como una persona, sino como una propiedad. Para que el amor pueda nacer y durar entre el esclavo y la cierva, son necesarias circunstancias excepcionales.
Así la cordera al lobo, así la cierva al león, 505 así al águila con su ala huyen temblorosa las palomas, a los enemigos cada uno suyos: el amor es para mí la causa de seguirte.
Le desmereces: la abominación es piedad en tu esposo Tereo.” 635 No hay demora, arrastró a Itis, igual que del Ganges una tigresa la cría lactante de una cierva por las espesuras opacas, y cuando de la casa alta una parte alcanzaron remota a él, tendiéndole sus manos y ya sus hados viendo y “madre, madre” clamando y su cuello buscando, 640 a espada hiere Progne, por donde al costado el pecho se une, y no el rostro torna; bastante a él para sus hados incluso una herida era: la garganta a hierro Filomela le tajó, y vivos aún y de aliento algo reteniendo sus miembros le despedazan.
Estando así cada uno aguardando en su estancia, hecha señal por los cazadores, comenzaron de latir y ladrar tan reciamente, que toda la montaña hinchieron de voces, de la cual no salió corza, ni gama, ni cierva, que es mansa más que ninguna otra fiera, pero salió un puerco montés muy grande y nunca otro tal visto, grueso y espantable, con las cerdas levantadas encima del lomo, echando espumarajos, con el sonido de las navajas, los ojos de fuego, su vista espantable, con ímpetu cruel que parecía un rayo; y luego, como llegaron a él los principales y más esforzados perros, dando con las navajas acá y allá los mató y despedazó, y después saltó las redes por donde primero aderezó su camino, y por allí saltó.
Pero aquellas mozas que él decía era una manada de mozos bardajes, los cuales, como lo oyeron, habiendo de ello mucho placer y alegría, con voces roncas y mujeriles alzaron grandes clamores, pensando que era verdad que les traía algún esclavo que fuese aparejado para lo que ellos querían; pero cuando vieron que no sucedía como ellos pensaban, ni era cierva por doncella, mas era un asno por hombre, el rostro torcido y con enojo increpaban a su maestro, diciéndole que no había traído servidor para ellos, mas que traía marido para sí.
Mientras invoca a los dioses, una dulce llama consume sus huesos y en su pecho vive la oculta herida: arde la desventurada Dido y vaga furiosa por toda la ciudad; cual incauta cierva herida en los bosques de Creta por la flecha que un cazador le dejó clavada sin saberlo, huye por las selvas y los montes dicteos, llevando hincada en el costado la letal saeta.
IV Marchó, y el cadencioso, gallardo movimiento las palmas imitaron cimbrándose en el viento, las nubes en los cielos flotando el blanco tul, los cisnes en las aguas, la cierva en las praderas, y hasta en el ancho espacio las fúlgidas esferas rodaron armoniosas por la extensión azul.
El padre, compadecido de verle derramar lágrimas, le concedió que su pueblo se salvara y no pereciese; y en seguida mandó un águila, la mejor de las aves agoreras, que tenía en las garras el hijuelo de una veloz cierva y lo dejó caer al pie del ara hermosa de Zeus, donde los aqueos ofrecían sacrificios al dios, como autor de los presagios todos.
Y entrambos luchaban en torno de Cebriones como dos hambrientos leones que en el monte pelean furiosos por el cadáver de una cierva; así los dos aguerridos campeones Patroclo Menetíada y el esclarecido Héctor, deseaban herirse el uno al otro con el cruel bronce.