cicerone


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cicerone

(Voz italiana.)
s. m. y f. Persona que enseña y explica las curiosidades de una localidad o un museo.

cicerone

 
com. Persona que enseña y explica las curiosidades de una localidad, edificio, etc.
Sinónimos

cicerone

sustantivo masculino
Traducciones

cicerone

cicerone

cicerone

Cicerone

cicerone

cicerone

cicerone

Cicerone

cicerone

Cicerone

cicerone

Cicerone

cicerone

SMFguide, cicerone
Ejemplos ?
-¡No quedó ni uno! -nos decía el mayor Tambeiro, nuestro cicerone en una excursión reciente al sitio del suceso. El mayor Tambeiro fue el matador glorioso de Saldaña (1).
-Puede pasar la niña del antojo con toda la sacra familia. Y otro lego asumía las funciones de guía o cicerone. Por supuesto que en muchas ocasiones la barriga era de pega, es decir, rollo de trapos; pero ni guardián ni portero podían meterse a averiguarlo.
-¡Ya salen! -dice el cicerone Gabino Zárate-. Fíjese, Rogelito, pa que vea qué tan bello y tan perfecto es el Señor del Triunfo, y qué tan queridos los Apóstoles!
Algo disgustaba al elegante ir convertido en cicerone de un ente tan grotesco; pero la intimidad con que le trataba el personaje cortesano le hizo ver en el de la aldea un mandarín inculto, una potencia electoral, un reyezuelo de provincia.
Esta circunstancia le hizo fijarse todas las tardes, al anochecer, en el famoso crucero de las Cuatro Calles, sitio en que podía recrear su vista sin necesidad de cicerone.
—Aquí es —dijo el cicerone con su lánguida voz, cuyo tono no armonizaba con el sentido de las palabras—, donde se encontró, entre diecisiete esqueletos, el de la dama cuya silueta puede verse en el museo de Nápoles.
Esto diciendo, la buena mujer que había servido de cicerone a su vecina atravesó el atrio del convento de Santa Inés y, codazo con éste, empujón en aquél, se internó en el templo perdiéndose entre la muchedumbre que se agolpaba en la puerta.
En el camino, nuestro cicerone, más aplacado, sacó de la faltriquera un paquetillo, y mostrándomelo secretamente: Caballero -me dijo al oído-, cigarros habanos, cajetillas, cédulas de...
No hubo remedio: llegó el momento de bajarse de la cómoda cesta y arremeter con la cuesta en dirección a Dorantes, siendo yo el guía y cicerone.
Volvieron, pues, sobre sus pasos y llegaron por un atajo a la calle de la Fortuna, escuchando distraída mente al cicerone, que al pasar por delante de cada casa la llamaba por el nombre que le ha sido dado después de su descubrimiento, debido a alguna particularidad característica: la casa del Toro de bronce, la casa del Fauno, la casa del Buque, el templo de la Fortuna, la casa de Meleagro, la taberna de la Fortuna en la esquina de la calle Consular, la academia de Música, el Horno público, la Farmacia, la consulta del Cirujano, la Aduana, el alojamiento de las Vestales, el albergue de Albino, los Termopolios, y así hasta la puerta que conduce a la vía de las Tumbas.
Concluido este cuasi sermón, cesé de oír, y a poco cesé de ver; dejado de la mano del ser fantástico que me sostenía sobre Babel la nueva, volví a caer en París, donde me encontré rodando entre la confusión de palabras vestidas de frac y de sombrero que a pie y en coche recorren las calles de la gran capital. Volví a ver los hombres de nuevo, grandes como no son, y abrí los ojos buscando mi cicerone.
Los dos amigos, acompañados del cicerone, recorrieron las calles, encrucijadas, plazas y callejuelas de Pompeya, entraron en todas las casas curiosas donde supusieron que Octavien podía estar entretenido copiando una pintura o descifrando una inscripción, y acabaron por encontrarle desvanecido sobre el mosaico de una pequeña estancia medio derrumbada.