chismografía

chismografía

1. s. f. coloquial Afición a chismear.
2. coloquial Conjunto de los chismes que corren es pasmosa la chismografía que conocía.

chismografía

 
f. fam.Ocupación de chismear.
fam.Relación de los chismes y cuentos que corren.
Traducciones

chismografía

SFgossip
Ejemplos ?
Sucedióle el «odalisca», de tul encarnado. Este asunto del velillo daría materia para una muy interesante monografía—ó chismografía—, con sus buenas y sabrosas anécdotas.
Como yo, Valentín lleva una vida apacible y grata, en llana prosa; despacha su labor oficinesca, da su paseíto higiénico diariamente, conoce al dedillo la chismografía del pueblo de Marineda y ostenta el campeonato del juego de dominó.
No lo era para ella. La chismografía del convento la había hecho saber que su amante era el general D. Carlos María de Alvear, el prestigioso dictador argentino en 1814, el rival de Artigas y San Martín, el vencedor de los españoles en varias batallas, el plenipotenciario, en fin, de Buenos Aires cerca del gobierno de Bolivia.
A la hora de comer, en vez de sonreír y sostener una conversación entretenida y amena, de chismografía o de actualidad, está ceñuda, gruñe por todo, y se dedica a censurar los platos que no se ha tomado la molestia de dirigir, sin ver que los defectos de los platos se evitan antes, y no deben hacerse observar, cuando no se han evitado, mientras se sirve.
Eso de que la barraca fue cloaca donde pescaban sin caña anchoas y tiburones las sacerdotisas de Venus, zahúrda donde los escolares de Baco estudiaban a sus anchas y zaquizamí donde rodaban de lo lindo las muelas de Santa Apolonina, téngolo por chismografía y calumnia de pulperos.
ahora sí que llegamos a la parte más interesante de nuestra correspondencia. Noticias, chismografía, ahí es una friolera. Concibo perfectamente, y hasta lo juzgo de necesidad, que un americano, desde la Vuelta de Abajo, remitiera a la metrópoli algunos millares de tabacos para deleite y perfume de quien hubiera tenido la dicha de servirle en algo; esto, como digo, sería muy justo; pero un habitante de la corte, centro de intrigas, fuente de chispeantes episodios, plantel de aventuras, se lance al último rincón de la Península en demanda de asuntos de interés social, es lo mismo que si el referido americano nos pidiera azúcar de cucurucho o buen café caracolillo.
Añádase a esto el grato calor de intimidad que en el paraíso une a gentes que, acabada la temporada de ópera, no vuelven a verse en todo el año; el gusto de estar en contacto perpetuo con hermosas cursis, tan amables que, mientras llegaba, me guardaban el sitio, colocando en él sus abrigos para señal; la sección de chismografía y despellejamiento de las damas de alto coturno que, a vista de pájaro, distinguíamos tan orondas, y a veces tan aburridas, en sus palcos forrados de carmesí, entre un mar de caliente luz y un vago centelleo de pedrerías; el placer de sudar mientras fuera nevaba; otras mil ventajas y atractivos que el paraíso reúne, y diga cualquiera si no había yo de pasarlo bien en mi rinconcito.
Conque, imparcialísimos lectores, me parece que después de lo que ustedes han visto y han oído en casa de tío Selmo Lombío, no podrán menos de concederme que si haciendo literatura, y música, y política, y galanteos, y chismografía, y sorbiendo y jugando es como mejor se utilizan las largas noches del invierno, a este propósito las hilas de la Montaña no tienen nada que aprender de las soirées del «gran mundo», ni que envidiarles...
Diego daba pábulo a la chismografía, porque todas las noches los espléndidos salones de su casa eran teatro de las más escandalosas orgías.
Por suerte, al día siguiente, cuando salíamos de la misa mayor, me di de manos a boca con el médico don Fidel, sujeto de habla expedita y bien informado de la chismografía rural.
Terminado el almuerzo, y habiéndose ido el anciano a dormir su acostumbrada siesta, doña Benigna y su comadre pusiéronse a charlar de sobremesa, explotando, con sabia erudición, el tema inagotable de la chismografía provinciana.
Las tres personas que venían a jugar con don Ramón no eran ni sabias ni oportunas, ni afluentes en la charla, ni apenas estaban enteradas de lo que acontecía en el mundo; pero, así y todo, traían noticias, rumores, opiniones, embustes, manías y humorismos de cada cual; don Juan de la Mata, por su profesión, recogía aquí y allí la crónica del lugar, la chismografía de los «mantelos» y de las chaquetas de rizo -que la tienen, y muy picante-; don Serafín se encargaba de la alta política, porque leía El Correo Español y estaba al tanto de los pensamientos del zar de Rusia y el emperador de Austria; y en cuanto a don Dionisio, hablaba enfáticamente de todo lo divino y lo humano, y por las condenadas elecciones llevaba al dedillo la política local.