chaqueta


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chaqueta

(Del fr. jaquette < fr. ant. jaque, especie de jubón, cota de malla.)
1. s. f. INDUMENTARIA Y MODA Prenda de vestir con mangas, que cubre la parte superior del cuerpo hasta los muslos y se abotona por delante llevaba una chaqueta de paño y un elegante pantalón de sarga.
2. cambiar de chaqueta coloquial Variar de opinión, ideología o partido político a lo largo de su vida cambió varias veces de chaqueta.

chaqueta

 
f. Prenda exterior de vestir, con mangas y sin faldones, que se ajusta al cuerpo y llega a las caderas.

chaqueta

(ʧa'keta)
sustantivo femenino
prenda de abrigo que cubre el cuerpo hasta las caderas, con mangas y abierta por delante una chaqueta de cuero
Sinónimos

chaqueta

sustantivo femenino
guerrera, americana, saco (América), chupa (col.).
Traducciones

chaqueta

sako, svetr

chaqueta

blazer, cardigan, jakke

chaqueta

bleiseri, takki, villatakki

chaqueta

jakna, sportska jakna, vesta

chaqueta

カーディガン, ジャケット, ブレザー

chaqueta

블레이저, 재킷, 카디건

chaqueta

blazer, jasje, vest

chaqueta

blazer, kavaj, kofta

chaqueta

เสื้อแจ๊กเก็ต, เสื้อแจ๊กเก็ตกีฬาหรือโรงเรียน, เสื้อไหมพรมติดกระดุมหน้า

chaqueta

blazer, ceket, hırka

chaqueta

áo khoác, áo khoác mỏng, áo len

chaqueta

яке

chaqueta

SFjacket
cambiar de chaquetato change sides
volarse la chaqueta (CAm) → to toss off
chaqueta de cueroleather jacket
chaqueta de puntocardigan

chaqueta

f. jacket.

chaqueta

f jacket; (Mex, vulg) masturbation
Ejemplos ?
Si a mí me traga la mar, no se traga más que una quilla que está pidiendo a voces que la carenen. Y el viejo empezó a despojarse rápidamente de su chaqueta de lona.
Detrás de las mesitas no solía haber gente joven; la mayoría eran solterones, los cuales no creáis que fueran con peluca o gorro de dormir, pantalón de felpa, y chaleco y chaqueta abrochados hasta el cuello, no; aunque ésta era, en efecto, la indumentaria del bisabuelo de nuestro bisabuelo, y así lo vemos retratado.
Y abrió sus ojos Curro, y a la luz de plata de la luna vió el rostro bellísimo y conmovido de la que fue su compañera, y no pudo proferir una frase, y se reclinó llorando en su seno, mientras también en la puerta de la sala enjugábase los ojos el señor Juan el Cachiporra en la manga de la zurcidísima chaqueta.
¡Viban con esta b del buitre en las entrañas de Pedro y de Rojas, del héroe y del mártir! Registrándole, muerto, sorprendiéronle en su cuerpo un gran cuerpo, para el alma del mundo, y en la chaqueta una cuchara muerta.
El sombrero era alto y de ancha ala, y los más jóvenes se lo adornaban a veces con una pluma; la camisa de lana desaparecía bajo un cuello vuelto, de hilo blanco; la chaqueta quedaba ceñida y abrochada de arriba abajo; la capa colgaba suelta sobre el cuerpo, mientras los pantalones bajaban rectos hasta los zapatos, de ancha punta, pues no usaban medias.
Y como al decir esto se incorporara el Petaca y cogiera con el mayor primor del mundo por una de las solapas de la chaqueta a Joseíto el Tomiza, se incorporó éste también, y adelantando el busto, exclamó con acento belicoso, mirándole con expresión de desafío: -En cuantito me güervas tú a jurgar a la americana, es cuando te van a llevar a ti al Batatar en uno de la tertulia.
No lo dudó más. Se quitó la chaqueta del frac, pidió otra y desafió a los españoles. Yo le miraba sonriendo y un tanto sorprendido.
¿De qué hombre? -preguntóle Paco, incorporándose lívido y amenazador y cogiéndole al par bruscamente por la solapa de la chaqueta.
Todos insistieron en que no lo hiciese, pues sin duda correría la suerte de los otros; también su compañero de ruta trató de disuadirlo, pero Juan, seguro de que todo se resolvería bien, se cepilló los zapatos y la chaqueta, se lavó la cara y las manos, se peinó el bonito cabello rubio y se encaminó a la ciudad y al palacio.
En verdad, para mi gusto yo hubiese querido que el actor Oswaldo Paiva, siguiera paseándose y cambiándose de chaqueta y me hubiese gustado verlo acostado allá: “Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad.
Y desdeñando ofertas y llorando sus pesadumbres en los brazos de su vieja, ganándose el sustento en el corralón de Los Cristos seguía Rosario, cuando una noche en que, rendida por el trabajo y acongojada por la enfermedad del Cachete, de la cual desde un principio había tenido noticia, dormitaba reclinada contra la pared sin osar hablar a su madre de lo que le dolía en el corazón, empujó suavemente la puerta de la sala el Cachiporra y sin, en aquella ocasión, solicitar el necesario permiso, colóse de rondón en ella, con el sombrero encasquetado hasta casi los ojos, las manos en los bolsillos de la cien y cien veces zurcida chaqueta y la cara triste y la expresión meditabunda.
El tiempo que res-taba era precioso. Rápidamente se despojó de su túnica, de sus finos pantalones, de su chaqueta bordada de oro, de sus medias de seda blanca.