chapeo


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Y Murillo mil veces, al oír tocar a oraciones en el campanario de San Lorenzo, se pararía, se quitaría el chapeo y rezaría las avemarías muy devotamente; y puede que en uno de aquellos momentos se le ocurriese la Virgen de la Faja, o la Concepción de Capuchinos.
Insultos de unos periodistas a otros periodistas en las columnas impresas, de unos ciudadanos a otros ciudadanos en torno a las mesas de los cafés, soberbias y estulticias oratorias, ausencia de lealtad y cordialidad nacional, palabras... Y en tanto, estos dos hombres, el uno con su chapeo pardo, el otro con su gorra gris, carretera adelante, hacia Francia, se van.
oticias sobre el autor y su obra = Galán de capa y espada e hidalgo de relumbrón, en ocasiones, y en otras legítimo mozo cunda y de todo juego, era en el primer cuarto del siglo XVII un don Pedro Mexía de Ovando, que así lucía guantes de ámbar, chapeo con escudete de oro y plumerillo y parmesana azul de paño veintidoceno con acuchillados de raso carmesí, en los opulentos salones del señorial palacio de los virreyes marqués de Montes Claros y príncipe de Esquilache, como arrastraba su decoro en los chiribitiles de la Barranquita, Pampa de Lara y Tajamar de los Alguaciles, a la sazón cuarteles de los hampones, tahúres, bajamaneros, proxenetas, pecatrices y demás gentualla de pasaporte sucio y vergüenza traspapelada.
Y ambos pasaron adelante con el ademán familiar a parroquianos de tales parajes: calado el chapeo, una mano en el pomo de la espada, la otra atusando el mostacho.
El hombre del chapeo pardo es un castellano que habla con una rara inteligencia de las cosas; es sereno y enérgico ante la vida, ante esa vida suya áspera, opresiva.
Este tal, galán y apuesto, de cara muy expresiva, de talle en extremo airoso, de aguda fisonomía, con aire matón y jaque, calzas de majo y ropilla, con un inmenso chapeo de alas luengas y tendidas, con su cuera y sus mangotes, y sus frascos en la cinta, de recamos adornada y de escarcela provista, se acerca al rey, y apoyado del arcabuz en la horquilla, y zarandeando el cuerpo, cual hombre que nada admira: «Señor -con ceceo dice, y lengua, aunque gorda, viva-: Cuando mi sargento anoche me dijo que combatía »vuestra alteza en este empeño, preparé varias cosillas; los trastos que en tales lances cualquier hombre necesita.
A la paz de Dios, caballeros -dijo el nuevo personaje, arrojando el chapeo y el embozo sobre una silla próxima al brasero y tomando puesto entre los jugadores.
Pone a la vida adversa un rostro entre lamentable y cómico, y oculta su cobardía ante la dureza del destino bajo un disfraz de burlas. — En Ferrol se acabó el trabajo — prosigue el del chapeo pardo —.
Don Amador de Cabrera, que llevaba en una mano el guión parroquial y en la otra el sombrero con cintillo de oro esmaltado de brillantes, queriendo gozar a su sabor del auto, entregó el sombrero a su paje, que era un indiecito de diez años, hijo de uno de los caciques de Guancavilca. Pero ello fue que, en el barullo de Carmencca, valioso cintillo y elegante chapeo desaparecieron de manos del muchacho.
Gracias a él, si quieren tentar un pecho ajado con flores que consiguen encender la impureza le nacerán babosas al ramo condenado. Gusanera en su axila, y en su monda cabeza lleva chapeo de plumas el esqueleto enano.
Y llegan dos hombres. Uno, con chapeo pardo, mugriento; otro, con gorra gris desfilachada. Ambos maltraídos, con gesto de atroz cansancio, las barbas crecidas y la tez de ese color amarillento que viene de las noches a la intemperie y las mañanas sin aseo.
Sus manos siempre están ocupadas: o empaqueta el cigarro, o saca la navaja, o tercia la capa, o se cala el chapeo, o se aprieta la faja, o vibra el garrote: siempre está haciendo algo.