Ejemplos ?
Fíjense ustedes –recalcó aquel hombre con gravedad siniestra– que los dados con que juega ese chino, jamás aparecen en la mano de otro jugador que no sea Chale.
¿Dónde estaba? Isabel lo buscaba, llamábasele a gritos, pero Chale no respondía. Se le buscó luego por todas partes, en la calle, en la ciudad, en el muelle.
Mientras los dados estuviesen abandonados sobre el paño de esmeralda, vinieron a mi memoria los dos trozos de mármol que ví troquelar a Chale en ya lejana noche.
¿Hasta dónde, en efecto, podría Chale parcializar al destino en su favor por medio de una técnica sabia e infalible en el manejo de los dados?
Todos humanizáronse de nuevo. Por allí se pidió un cigarrillo. Tosieron. Chale pagó dos mil quinientos soles. Yo lancé un suspiro.
Noté que la pérdida que acababa de tener Chale no le había inmutado absolutamente, circunstancia que venía a echar aún mayor sombra de misterio sobre el motivo de su inusitado rapto de ira anterior que, por lo visto, no podía atribuirse a claro alguno producido fogonazo nervioso, por incausado, al parecer, socavaba mi espíritu con crecientes cavilaciones sobre posibles inteligencias del chino con corrientes o potencias que danse más allá de los hechos y de la realidad perceptible.
Y si quisiera yo ahora precisar cómo eran las caras circunstantes en aquellos segundos de prueba, diría que todas ellas rebasáronse a sí mismas y fueron a ser refregadas y estrujadas con el par de dados de Chale, encendiéndose y afilándose allí, hasta urgir y querer arrancar una novena arista milagrosa a cada dado, como ansiada sonrisa del destino.
Chale deshízose violentamente de los dados, como un par de brasas que chisporroteasen, y rugió una hienada formidable grosería que trascendió en la sala a carne muerta.
El chino, con la serenidad de quien lee un enigma cuyos términos le fuesen desde mucho antes familiares, hizo ingresar a su banca los cinco mil soles de la apuesta. Alguien dijo a media voz: –¡Es una barbaridad! Siempre las más altas paradas son para Chale. No se puede con él.
El chino, repetí para mí, no hay duda, tiene completo dominio sobre los dados que él mismo labrara, y, acaso, todavía más, es dueño y señor de los más indescifrables designios del destino, que le obedecen ciegamente. Los más poderosos jugadores parecieron encolerizarse y refunfuñar contra Chale, a raíz de la última jugada.
La sala entera sacudióse en un espasmo de despecho; y quizá la protesta amordazada de esa masa de seres a los que así golpeaba la invencible sombra del destino encarnada en la fascinante figura de Chale, estuvo a punto de traducirse en un zarpazo de sangre.
Todos esos hombres debieron sentirse heridos por la última victoria del chino, y, llegado el caso, todos le habrían arrancado la vida a las ganadas. Hasta yo mismo –me aguijonea el remordimiento al recordarlo– hasta yo mismo odié furiosamente a Chale en ese instante.