Ejemplos ?
centeno, patatas, judias, verduras, cerezas, guindas, nueces y peras; leñas de combustible y yerbas de pastos, con las que se mantiene ganado lanar, cabrio, y vacuno y de cerda; hay caza de perdices y conejos, no faltan lobos y zorras; en el Sorbe se crian esquisitas truchas y barbos.
Doña Juana, la de los dientes negros y amarillos, me alarga de su plato y con su propio tenedor una fineza, que es indispensable aceptar y tragar; el niño se divierte en despedir a los ojos de los concurrentes los huesos disparados de las cerezas; don Leandro me hace probar el manzanilla exquisito, que he rehusado, en su misma copa, que conserva las indelebles señales de sus labios grasientos; mi gordo fuma ya sin cesar y me hace cañón de su chimenea; por fin, ¡oh última de las desgracias!, crece el alboroto y la conversación; roncas ya las voces, piden versos y décimas y no hay más poeta que Fígaro.
Compramos avellanas, peras, cerezas y rosquillas en todos los puestos de la romería; convidámonos recíprocamente la familia, el exclaustrado y yo; vi un desafío a los bolos entre mozos del lugar y otros tantos forasteros; oí los «¡vivas!» que nos echaron dos danzantes, encaramándose unos sobre otros hasta formar lo que ellos llaman castillo, y los que también hubo para las demás personas que les habían dado dinero; y volvimos a casa al anochecer, despidiendo al predicador después de haber tomado chocolate y agua de limón todos juntos, como si no hubiéramos comido al medio día.
Se instalaban en la sala baja de una taberna, que tenía a la puerta unas redes negras colgadas. Comían fritura de eperlano, nata y cerezas.
Conocía a todos aquellos gurriatos; para contemplarles suspendía su asiduo coser; a veces les sonreía con sonrisa penosa; de su café les guardaba terrones de azúcar, de su postre, cerezas y pasas...
Un gorrión, que mientras piaba saltaba de una a otra rama, sin estarse un momento quieto y moviendo la cabeza a todos lados, era el que charlaba y decía: -El cardador de lana miraba al hablar a sus hijos, pero en particular a un niño de unos doce años, rubio, más encarnado que una de esas cerezas que con tanto placer pico a pesar de los espantajos que pone encima del árbol el hortelano; y el niño levantaba la cabeza y parecía dudar de lo que oía.
Era Veremunda una mozuela de veinte años bien llevados, color de sal y pimienta, que no siempre ha de ser de azúcar y canela; ojos negros como el abismo y grandes como desventura de poeta romántico, de esos ojos que parecen frailes que predican muchas cosas malas y pocas buenas; boca entre turrón almendrado y confitado de cerezas; hoyito en la barba tan mono, que si fuera pilita, más de cuatro tomaran agua bendita; tabla de pecho toda esperanza, como en vísperas de boda; pie de relicario y pantorrillas de catedral.
Si las cerezas gustaban a Juanito, también gustaban a los gorriones; y como en el elegir la fruta sazonada son maestros los pájaros, abrían con su pico un agujero en las más maduras y azucaradas y se recreaban comiendo y bebiendo a un tiempo.
Pasa revista a los árboles frutales, a ver cómo van cuajando. Las cerezas abundan. En cuanto a los perales, todavía no se sabe a punto fijo lo que darán; pero esta noble familia, que es sumamente cortés y atenta, manda en este mes, como regalo extraordinario, unas peritas sabrosas, que aceptamos con júbilo.
Todavía hay fresa abundante, y las cerezas entran enredadas unas en otras, porque no les gusta ir solas; que bien se conoce su cortedad de genio en el vivo rubor que enciende sus mejillas.
Nadie ignorará en aquella comarca la razón de que las cerezas del gran árbol añoso no debían comerse; pero el hecho de contárselo a «un señor» era arriesgado para un labriego...
-La recompensa es buena, se decía el sastrecillo: con ella puede quedar cualquiera contento; pero las cerezas están demasiado altas; si subo al árbol se romperán las ramas y caeré al suelo.