centuria


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centuria

(Del lat. centuria.)
1. s. f. Período de cien años. siglo
2. HISTORIA, MILITAR Compañía de cien hombres en la milicia de la antigua Roma.

centuria

 
f. Número de cien años, siglo.
mil. En la milicia romana, y otras, compañía de cien hombres.

centuria

(θen'tuɾja)
sustantivo femenino
1. período de cien años Vivió una centuria.
2. historia militar compañía del ejercito de cien soldados Varias centurias conformaban una legión de los ejércitos imperiales.
Sinónimos

centuria

sustantivo femenino
Traducciones

centuria

SFcentury
Ejemplos ?
El resto de la población cuya propiedad cayó por debajo de ésta última cantidad formó una centuria y estaba exenta del servicio militar.
Entre los estremecimientos del gran cambio que sacude y subvierte de raíz a muchos conglomerados del orbe, hemos podido seguir creciendo en la libertad y en la paz, conscientes de que nuestra marcha tiene una sola bandera que ha sido consagrada por centuria y media de azarosa y cruenta definición de lo mexicano, y de que bajo su sombra han de ordenarse aun las más amenazadoras turbulencias y adecuarse las soluciones a nuestra peculiaridades, a nuestras más puras esencias.
Por eso, la última década del siglo XX pareció ser que se encontraba caracterizándose por un afán sintetizador de los logros culturales transcurridos durante la centuria y los procesos de enseñanza-aprendizaje que se dan en la clase de Español no podían escapar a esa común episteme o ambiente de saberes prácticos y teóricos.
PRIMERO: El éxito conductista y neoconductista de los primeros cincuenta años de aquella centuria con su impresionante serie de experimentos con ratas y conejillos de Indias que avasallaron hasta la fascinación a multitud de psicólogos en el mundo y por tanto, generó su obvia aplicación en las escuelas.
Y si entre la espesa bruma De esta edad que bulle inquieta, De hediondo mar alba espuma, El genio de otro poeta Despliega su blanca pluma; Si algún bardo colosal Levanta entro la tormenta Su cántico celestial, De una centuria sangrienta Salmodiando el funeral; Cuando el tiempo, hombre sombrío, El orbe rompa a pedazos, Que sostenido en tus brazos Huya su cuchillo impío; Y en el día de furor, Cuando al eco atronador De la funeral trompeta Se junte el mando en un valle, Mándale al mundo qué calle, Y dile que era un .
El público recompensa sus fatigas con sus aplausos, y su país le agradece lo que hace por su gloria, en nombre de los héroes que celebra y las hazañas que canta, colocando su nombre entre los nombres que darán honor a su centuria.
Si así no fuera, si no viésemos que la invasión de bárbaros que asoló la Europa romana, trajo regeneración y nueva vida a un mundo, ya caduco y corrompido, yo deploraría la suerte de nuestro continente, que no pudo alimentarse con su propia sustancia, sino hasta los primeros albores de la décima sexta centuria.
Convenios de su misma índole política y con aspiraciones de alcance continental parecido hay varios que precisamente por ser de fondo político fracasaron durante la centuria pasada.
n año más y hará centuria que una apopeya de redención se inició con la brava desobediencia de un viejo visionario, de un utopista que agrupó alrededor de su estandarte de rebeldes, a los humildes, a los explotados de 1810.
Sus reflejos arrancaban vislumbres como de fuego y sangre a las armaduras, a los yelmos, a los hierros de lanza, a las águilas posadas en los pendones de la centuria de romanos jinetes que, indiferentes y marciales, arrendando sus briosos potros, daban escolta al cortejo.
Cuéntase, pues, que el tal Juan Gómez, hombre a la sazón de más de media centuria, rústico muy avisado aunque no entendía de letra, y codicioso y trabajador con fruto, como lo acreditaba, no solamente su apodo, sino también su mucha hacienda, por él adquirida a fuerza de buenas o malas artes, y representada en las mejores suertes de tierra de aquella jurisdicción, tomó a censo enfitéutico del caudal de Propios, y casi de balde, mediante algunas gallinas no ponedoras que regaló al secretario del Ayuntamiento, unos secanos situados a las inmediaciones de la villa, en medio de los cuales veíanse los restos y escombros de un antiguo castillejo, morabito o atalaya árabe, cuyo nombre era todavía La Torre del Moro.
Bastará recordar esos antecedentes, fijar el pensamiento en la razón que nos señala predestinados a ser el centro de poderosos agrupaciones humanas, y acaso el punto de partida de la renovación del mundo; bastará dirigir la vista hacia esa alta cumbre del pasado glorioso, volverla hacia esa otra cima de los grandes destinos del porvenir, y luego mirarnos en el llano en diminuta proporción, habiendo perdido autoridad moral y gran parte de riqueza en el desenfreno de la orgía gubernativa; bastará eso para reconocer con amargura que en la primera centuria de vida independiente hemos fracasado ante nuestra propia conciencia, ante la historia y ante el mundo entero, defraudando el voto y las inspiraciones de los que nos dieron Patria.