casitas

casitas

 
m. pl. Ant. pueblo asiático, de origen probablemente caucásico, que habitaba la región de los montes Zagros. Invadió y ocupó Babilonia, dominándola desde el s. XVI hasta el XII a C.
Ejemplos ?
¡Sus altas montañas, sus hermosos bosques, sus arroyos de agua cristalina, sus poéticas casitas y el soberbio castillo del que había querido ser amo!
Pero, ¿qué vamos a hacer? ¿Un plan minúsculo? ¿Un intento de construir cuatro casitas? ¿Un FHA o como se llame el instituto ese de basura?
Todo esto pensó Antón bajo el árbol, y lo volvió a pensar más de una noche en su cuartito solitario de aquella casa de madera en tierras extrañas, en la calleja de las Casitas de Copenhague, donde su rico patrón, el comerciante de Brema, lo había enviado, bajo el compromiso de no casarse.
Bordea el maizal llana y polvorienta carretera, que limita por el otro lado con alegres colinas. Aquí y allá, en llano o monte, álzanse dispersas muchas casitas albas y relucientes como la nieve al sol.
“Aquí la cosa fue dura – dice doña Rosa, comerciante del Bloque 6 –llegaban esas máquinas camineras y tumbaban las casitas con todo adentro.
Frente a la señorial Casa Parroquial, que se ve en la gráfica, la plaza principal, hoy convertida en parque, se la utilizaba para las ferias dominicales de víveres. Hacia la izquierda atravesaba una de las calles principales, alineada con casitas bajas, deterioradas y en desorden.
El pueblo extendía hasta cerca del agua sus calles rectas, orladas de casitas blancas, donde se albergaban por una temporada los veraneantes del interior en busca del mar.
La barca navegaba con creciente rapidez, sintiendo que se vaciaban sus entrañas. El puertecillo estaba a la vista, con sus masas de blancas casitas doradas por el sol de la tarde.
Y la madre te dice que sí, que hay unos gusanos que se fabrican unas casitas de seda., largas y redondas, que se llaman capullos; y que es hora de irse a dormir, como los gusanitos, que se meten en el capullo, hasta que salen hechos mariposas.
Huertos mal cerrados por paredillas transparentes de piedras toscas y desiguales, contiguas a las casitas; anchos retales de braña verde, un poco más lejos, donde picotean patos y gallinas y hozan puercos de recría; alguna cabra en la sierra que asciende poco a poco hacia el Sur, lo bastante para que desde la barriada no se vea, por aquel lado, otra porción de mundo que la comprendida entre la loma y el mar.
Mi tía, a la que no veía desde niño, me fue al pronto repulsiva, por más que se mostrara desde luego cariñosa y tolerante conmigo; el pueblo me pareció triste, a pesar de sus jardines y de las pintorescas casitas que hay en él; sus habitantes poco simpáticos, aunque todos me saludaban con afecto.
Ño Ambrosio el inglés, como llamaban las limeñas al mercachifle, convencido de que el comercio de cintas, agujas, blondas, dedales y otras chucherías no le producirían nunca para hacer caldo gordo, resolvió pasar a Chile, donde consiguió por la influencia de un médico irlandés muy relacionado en Santiago que con el carácter de ingeniero delineador lo empleasen en la construcción de albergues o casitas para abrigo de los correos que al través de la cordillera conducían la correspondencia entre Chile y Buenos Aires.