carrillo

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carrillo

(De origen incierto.)
1. s. m. ANATOMÍA Mejilla, parte carnosa a cada lado de la cara infló los carrillos y emitió un silbido.
2. comer a dos carrillos coloquial 1. Comer mucho. 2. Tener varios empleos lucrativos. 3. Sacar provecho de dos personas enfrentadas, complaciendo a ambas.

carrillo

(Derivado de carro.)
s. m. MECÁNICA Rueda acanalada alrededor de la cual pasa una cuerda y que sirve para levantar o mover pesos. garrucha, polea

carrillo

 
m. anat. Parte carnosa de la cara, desde la mejilla hasta lo bajo de la quijada.
Sinónimos

carrillo

sustantivo masculino
moflete, cachete, mejilla.
Moflete es un carrillo grueso y carnoso; cachete se utiliza particularmente si es abultado.
Traducciones

carrillo

Backe

carrillo

cheek, jowl, pulley

carrillo

guancia

carrillo

SM
1. (Anat) → cheek, jowl
comer a dos carrillosto stuff o.s., stuff one's face
2. (Téc) → pulley
Ejemplos ?
GENARO (agitado) : ¿Contorno fácil en los carrillos?… ¿dos hoyos que al sonreírse se hacen graciosísimos?… ¿la barba con dos pequeños lunares que apenas se ven?
Las máximas de los dos amigos no eran de las muy a propósito para alcanzar grandes medros en esos días de tan calamitoso desbarajuste social, y en que los hombres entendidos en la política principiaban por traidores, para después de sacar jugo a la rebeldía terminar por leales vasallos del rey. Esto era comer a dos carrillos, como monja boba.
Parecía hombre de unos cuarenta y tantos años; era de rostro chupado, de hundidos ojos y sumidos carrillos, de barba picuda y gris, de calva primeriza y ya lustrosa, y con aureola de largas melenas, que empezaban a encanecer: una cabeza macerada y simpática de santo penitente o de doctor alemán emparedado en su laboratorio.
Después de molido con bija ó achiote, para darle un color rojo, embarrábanse con aquella pasta carrillos, barba y nariz: «é después que lo han así tendido ellos é las mujeres, aquel piensa que va más galan, que más embarrado va, é así se van al mercado ó á hacer lo que les conviene, é de rato en rato chúpanse aquel su aceite, tomándolo poco á poco con el dedo.
Estando descuidado, Lamentando entre mí mi triste estado, Advertí que venia Con mucho desenfado y osadía Un hermano Teatino Que en todo parecia el dios del vino, Y en los carrillos flavos Al dios de quien los vientos son esclavos Lienzo y rosario en cinta, Zapato de ramplon y gruesa cinta, Y la negra librea Hecha á puros pedazos taracea Bonete de tres altos Que apénas se alcanzara de tres saltos.
Yo no sé qué intérprete del siglo XVI ha trasladado así estos versos de Virgilio: ::El trono ocupa Anio ::Y es tambien sacerdote, ::Señor es por dos veces ::Y á dos carrillos come.
Y de tal modo hubo de decir esto el mozo, que comprendió el Niño que no tenía más remedio que jacer lo que el de Pujerra le dicía si no quería que le mojara los carrillos, y como esto no lo podía consentir, pos mete mano el hombre a un pistolón que más parecía un trabuco naranjero, y le dice al Chiquito, sin que se le múe tan siquiera la voz y más fresco que una horchata: -Pos tire usté ya, y jaga usté bien la puntería, porque si me marra usté, va usté a dir, der primero que yo le tire, a visitar los Gaitanes.
Una chiquilla fresca, llena de vida, de ojos brillantes, de carrillos como rosas; pero qué demonio, ¡hay tantas así desde el Sil al Avieiro!
¿Tú no comprendes que el espejo es el único que mos dice la verdá y que cuando mos miramos en él, lo que mos dice es que no nos quea ya güeno más que er corazón; que estamos cuasi pidiendo a gritos que nos apuntalen, que no tenemos ya más de cuatro güesos en la boca con que aguantar los carrillos; que se mos ha caío er barniz y se mos ha queao la piel como la de las pintarrojas; que no son ya patas e gallo, sino toíto un gallinero el que lucimos en el rabillo del ojo; que ya cuando suspiramos es como si espertoráramos; que ya de ca cien pelos mos quea uno; que...?
Y este siniestro pensamiento cobraba más fuerza al ver a su abuela Rosalía inflar los carrillos y soplar con brío, atizando el fuego, bien ajena, por cierto, de que todo un Vesubio estaba ahí delante de sus narices, listo para hacer su inesperada y fulminante aparición.
Mirábate, sonreía; trepado sobre tu hombro, acariciaba tus cobrizos carrillos gordos, redondos y brillantes, y delante de ti pasaba repetidas veces cerca de la redoma haciendo ostentación de su desdén hacia los peces, sin dignarse mirar al infeliz terceto de la piscina.
Cuando Pillín contraía con una sonrisa su carita, marcando los adorables hoyuelos de sus carrillos, don Andrés lo conmovía todo con sus carcajadas de gigante bondadoso, y si el chiquitín lanzaba uno de sus rugidos de alegría, que parecían el grito de guerra de un apache, el respetable fiscal saltaba y chillaba como un loco.