cappa

cappa

s. f. LINGÜÍSTICA Décima letra del alfabeto griego que se translitera por k en el latino.
Ejemplos ?
A estas bestias de carga es á las que, probablemente, se refiere el padre Cappa, cuando dice que los conquistadores nos trataron con exceiivo mimo.
•Pues lo disimula.» Capítulo de otra cosa. Habla el padre Cappa:— «La Inqui- tsiclóu (dice) ha sido desde setenta años á esta parte el bu de las gentes.
En la página 41, hablando de los monasterios consagrados á las vírgenes del Sol ó escogidas, después de repetir lo que so- bre estas sacerdotisas traen Garcilaso y otros, dice el padre Cappa, por su cuenta, y sin más autoridad que la suya: «No obstan te (esto es, porque á mí se me anloja) eran vastos barc- ones exparcidos por el imperio, repugnames Itestimonios de »los celos de un déspota.» Como verdad histórica, esta es una de las muchas ruedas de molino con que el profesor hace co- mulgai á sus alumnos.
Es induda- ble que se tratará de hacerles creer que, en el escándalo que ha exasperado nuestro patriotismo, no hay más que un culpa- ble, el padre Cappa, quien escribió por sí y ante §í; y aun se dirá que la Compañía, no sólo lo ha amonestado, sino que.
hasta por castigo, lo ha puesto en cepo de cinco puntos, previ- niéndole que, si reincide, se h drá chooolate. Mi colombroño el padre Cappa es un comodín, una especie de agnim obligado á cargar con los pecados de la Compañía, en el Perú.
zuavitos, frailucos y angelitos con los crespos hechos, el superior de los jesuítas se lavó las manos, colgando el mo- chuelo al fantástico y batallador ex marino Ricardo Cappa.
II Pasemos á desmenuzar la producción del padre Cappa, que bien vale la pena (ie emprender la enojosa tarea un 'libro, en que se trata de rebajar á todo trance al país y á sus hombres más eminentes; en el que ninguna clase social es respetada; y en el que se trasluce claramente el propósito preconcebido de historiar mal y maliciosamente nuestro pasado, subordinán- dolo todo al enaltecimiento del virreynato, único honrado, bue- no y sabio gobierno que hemos tenido.
Aquellas publicaciones del padre Cappa nos aiTíincaron, pues, las mismas murmuraciones que su Estafeta dci Cielo, superchería que consiste en escribir carlitas ni sanio de nuestra devoción, echar la esquela en los buzones í uc, al electo, tienen los reverendos, y esperar la respuesta.
18); la República, una vergüenza; los proceres de la Independencia, ambiciosos sin antecedmtas y ver- daderos monstruos; la Inquisición, una tlelicia cuyo restable- cimiento convendría; la libertad de imprenta, una iniquidad; Bolívar, San Martín y Monteagudo, tres peines entre los que distribuye los calificativos obsceno, cínico, pérfido, aleve, in- moral, malvado, y sigue el autor despachándose á su regalado gusto; el padre Cisneros, un impío; el canónigo Arce, un blas- femo; Mariátegui, iln libérrimo; Luna bizarro yRodríguez (le Mendoza, sembradores de mala semilla; nuestro clero tratado con menosprecio; nuestra sociedad de Beneficencia, satirizada; en una palabra, toda nuestra vida independiente no sTgniFica para el padre Cappa sino retroceso...
En una parte, dice que los indios tenían tanto trabajo que, abrumados por él, morían; y en otra, que no vivían sino en continuada fiesta y entregados á la embriaguez. ¿A qué carta se quedan los discípulos del padre Cappa?
Mal califica el padre Cappa la política y espíritu de los Incas, diciendo que su norte fué «dejar reducidos á sus sub- ditos á la condición de simples cosas,» lo que contradice la afirmación que más adelante estampa, de que «la pobreza no se conocía en el pueblo.»— -Sin darse cuenta, hace con esta contradicción el elogio del paternal gobierno incásico.
Dejando aparte inexactitudes que no significan gran cosa en el cuadro que de la conquista traza el padre Cappa, consa- graremos nuestro próximo artículo á refutar la apología del feroz y fanático Valverde, á la vez que la defensa del gran crimen que produjo el asesinato del prisionero Atahualpa.