canapé


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canapé

(Del fr. canapé < lat. conopeum < gr. konopeion, mosquitero < konops, mosquito.)
1. s. m. Mueble acolchado que consiste en un asiento que puede llevar respaldo y brazos y que sirve para sentarse o acostarse.
2. COCINA Pequeña rebanada de pan sobre la que se extienden o colocan otros alimentos sirvieron canapés acompañados por un cóctel de champán. aperitivo

canapé

 
m. Escaño, gralte. con el asiento y respaldo acolchados, para sentarse o acostarse.
Aperitivo consistente en una rebanadita de pan sobre la que se extienden o colocan otras viandas.

canapé

(kana'pe)
sustantivo masculino
1. sillón acolchado el canapé de la sala
2. culinario aperitivo de pan combinado con otro alimento canapé de camarones
Sinónimos

canapé

sustantivo masculino
Traducciones

canapé

canapé

canapé

Couch

canapé

الأريكة

canapé

kanapa

canapé

диван

canapé

沙发

canapé

沙發

canapé

gauč

canapé

sofa

canapé

소파

canapé

soffa

canapé

SM
1. (= sofá) → sofa, couch
2. (Culin) → canapé
Ejemplos ?
Francisca cruzaba las manos y le hacía seña de que callase, señalándole a su madre, que rezaba tranquilamente sentada en el canapé.
Entonces ya parecía olvidada de la niña que, sentada en un canapé, adormecía a su muñeca con viejas tonadillas del tiempo de las abuelas.
Tela fina de algodón, de colores vivos, que se usaba para vestidos de mujer en la segunda mitad del siglo XIX. Emma, arrellanada en el canapé, replicaba lo más tranquila posible: ¡Eh!, señora, ¡ya está bien!, ¡ya está bien!
Un danzante pasaba. ‑¿Me hace el favor ‑dijo la señora‑, de recogerme el abanico, que está detrás de ese canapé? El caballero se inclinó, y mientras hacía el movimiento de extender el brazo, Emma vio la mano de la joven que echaba en su sombrero algo de color blanco, doblado en forma de triángulo.
¡Voy a hablarle de Scilly Dancourt y va él a decirme dónde encontraré a Helena!, pensaba dentro de mí, sentado ya en un canapé de la pobre y aseada salita que precede el cuarto de estudio, y contemplando una escultura asiria, un cuerpo de león alado con cabeza humana de luenga y rizada barba, coronada por la tiara sacerdotal, que, frente a frente del Budha ventrudo, que sonríe sobre la pobre y negruzca chimenea, forma el único adorno de la estancia.
Todas las cuadrillas de la víspera estaban cambiadas, tanto los individuos como los vestidos, y nuestros amigos tenían por compañeras de canapé, el duque a Alina, hija del obispo y por consiguiente, ¡por lo menos, sobrina del duque!, el obispo a su cuñada Constanza, mujer del duque e hija de Durcet; Durcet a Julia, hija del duque y mujer del presidente, y Curval, para despertarse y reanimarse un poco, a su hija Adelaida, mujer de Durcet, una de las criaturas del mundo a quien más le gustaba molestar a causa de su virtud y devoción.
Sin embargo, todo estaba prohibido, excepto lo que se había hecho la víspera; el duque resolvió, pues, imitar a sus compañeros. Tumba a Céfiro sobre el canapé, le.
Aquel día, cada cual tenía a su mujer en el canapé; recíprocamente se felicitaban de un orden tan religioso, y como todo el mundo estaba dispuesto a escuchar, la Duelos reanudó el relato de sus lúbricas historias como se verá: Había en casa de la Guérin una mujer de unos treinta años, rubia, un poco rolliza, pero singularmente blanca y lozana, la llamaban Aurore, tenía una boca encantadora, hermosos dientes y la lengua voluptuosa, pero ¿quién lo creería?, sea por defecto de educación o por debilidad del estómago, aquella adorable boca tenía el defecto de soltar a cada momento una cantidad prodigiosa de gases, y sobre todo cuando había comido mucho había veces que no cesaba de eructar durante una hora flatos que habrían hecho dar vueltas a un molino.
El obispo tenía a sus pies a Antínoo, su sobrina Julia en el canapé, y a cuatro salvajes casi desnudos como cuadrilla. Eran Cupidón y Narciso como muchachos, y, Hébé y Rosette como muchachas, presididos por una vieja amazona representada por Teresa.
Las tres narradoras, magníficamente vestidas a la manera de señoritas distinguidas de París, se sentaron en la parte baja del trono, en un canapé colocado allí con ese propósito, y madame Duelos, narradora del mes, ataviada con una bata ligera y muy elegante, muy pintada y llena de diamantes, subió al estrado y empezó así el relato de los acontecimientos de su vida, en el cual debía introducir detalladamente las ciento cincuenta primeras pasiones designadas con el nombre de pasiones simples: No es poca cosa, señores, presentarse ante un círculo como el vuestro.
Fue dispensada del servicio de la mesa, de los castigos y de algunos otros pequeños detalles que su estado no hacía ya voluptuoso vérselos cumplir, pero fue obligada a estar en el canapé y a compartir hasta nueva orden el lecho de quien quisiera elegirla.
—¡Vamos, sigue! —dijo flemáticamente a la Duelos, colocándose cómodo en su canapé—. Este asunto sólo incomodará a Alina, mi encantadora compañera en esta velada, en cuanto a mí, me acomodo a ello perfectamente.