can


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can

(Del lat. canis.)
1. s. m. ZOOLOGÍA Perro, mamífero cánido.
2. MILITAR Pieza de artillería pequeña y de bronce.
3. MILITAR Pieza que golpea el fulminante y produce el disparo en las armas de fuego portátiles. gatillo, percutor
4. CONSTRUCCIÓN Cabeza de una viga del techo que sobresale al exterior y sostiene la cornisa. canecillo
5. CONSTRUCCIÓN Saliente con el que se adorna por la parte inferior el vuelo de una cornisa. canecillo

can

 
m. Perro.
Gatillo (del fusil).
arq. Cabeza de una viga del techo interior que sostiene la corona de la cornisa.
Modillón.

CAN

 
V. Andina, Comunidad.
CANCentral Auténtica Nacionalista
CANCentro Administrativo Nacional

can

('kan)
sustantivo masculino
1. zoología mamífero cuadrúpedo y doméstico conocido comúnmente como perro can de caza
2. parte interior más sobresaliente de una viga que carga la cornisa can labrado
Sinónimos

can

sustantivo masculino
1 perro*, chucho (col.).
2 (arquitectura) canecillo, modillón.

can:

chuchogozque, perro, cusco,
Traducciones

can

gos

can

hund

can

Hund

can

hundo

can

koer

can

koira

can

hundur

can

cane

can

can

canis

can

hond

can

pies

can

pes

can

hund

can

可以

can

สามารถ

can

SM
1. (hum) (= perro) → dog, mutt, pooch
2. (Mil) → trigger
3. (Arquit) → corbel
Ejemplos ?
Y con estos atractivos y otros, como eran su habilidad en can tarse un tango o una «tartanera», como pudieran hacerlo ángeles y serafines, y su inimitable gracia en taconearse cualquiera de los tangos más en boga, poniéndole seco el paladar y fatigoso el aliento a los que tenían la buena o mala fortuna de contemplar sus primores, no era de extrañar, repetimos, que llevara como llevaba ya dos años de cimbel en la taberna de la Chata de los Chícharos, mimada por ésta y por su consorte, el señor Juanico el Talabartero, uno de los más ilustres ejemplares de los que viven o vegetan de upa en Malaguita la bella.
Tal parece que voy a pagarle a esta inhumana gente para que venga a maltratar a quienes tanto protejo...¡Ahora sí que iba a estar bueno!—Y poniendo la mano sobre la cabeza del can, comenzó a acariciarlo con inmensa ternura...
La declaratoria definitiva de desierto cancelará el proceso de contratación y por consiguiente se archivará el expediente. La decl aratoria de de sierto o can celación no da rá luga r a n ingún tipo d e repa ración o indemnización a los oferentes.
Entre los aventureros que can el capitán Perálvarez llegaron al Perú en 1544, hallábase Lope de Aguirre, mancebo de veinti- trés años, y reputado por uno de los mejores jinetes.
-dijo Chiquiznaque-. Bien parece que no se acuerda de aquel refrán que dice: "Quien bien quiere a Beltrán, bien quiere a su can".
Las mejillas de Cleto se enrojecieron; una indignación asfixiante le cortó el resuello y le obligó a abrir la boca de a palmo. ¡Un papel de can!
Negaránla, es claro, porque precisamente en el campo es donde estos señores se han empeñado en colocarnos la felicidad terrena, ya bajo el aspecto de encanecido anciano, que perora con más elocuencia que Demóstenes y más profundidad que Sócrates, so la añosa encina, o cabe la parlera fuente; ya bajo el de apuesto galán que cultiva el fértil valle, y aunque suda al sol y come ráspanos y borona, es por la noche bastante sublime para echar un discurso a su novia, que le espera con un ramo de flores, y que no es menos gallarda, menos elocuente ni menos poética que su adorado; ya, en fin, bajo la forma de blancos manteles, doradas frutas, triscador cabrito, fiel y respetuoso can, etc, etc...
-Pero, ¿qué hacen aquí? -preguntó el muñeco. -Son novios -gruñó el can-. Se instalarán en una perrera a roer huesos. ¡Fuera, fuera!
Parecían desconocerle. Miguel se arrojaba de pronto lajas abajo, rodando con el can entre sus brazos. Al sentirse golpeado en la roca fría, el perro se sumía en un silencio extraño, como si deglutiese un bolo ensangrentado e invisible.
Él es, él es quien empuja nuestros días, llenos de desazón y de insuficiencia, con el aliento caliente de sús fantásticas esperanzas. Sin él, señora, diez veces en la jornada, nos tumbaríamos vencidos al borde del camino, como el can reventado.
En Lima misma, como quien dice en el cogollitc de la civilización, tuvimos hasta que entró la patria la exhibición de la Llorona de Viernes Santo, de la Muerte car- can del Calvario.
Las familias ponían en juego mil recursos para conseguir votos en favor del can- didato de sus simpatías, ni más ni menos que ogaño cuando, en los republicanos colegios de provincia, se trata de nombrar presidente para el gobierno ó desgobierno (cpie da lo mismo) de la patria.