Ejemplos ?
Pasemos como podamos y mañana, venido el día, Dios hará merced; porque yo, por estar solo, no estoy proveído, antes he comido estos días por allá fuera, mas agora hacerlo hemos de otra manera.” “Señor, de mí -dije yo- ninguna pena tenga vuestra merced, que se pasar una noche y aun más, si es menester, sin comer.” “Vivirás más y más sano -me respondió-, porque como decíamos hoy, no hay tal cosa en el mundo para vivir mucho que comer poco.” “Si por esa vía es -dije entre mí-, nunca yo moriré, que siempre he guardado esa regla por fuerza, y aun espero en mi desdicha tenella toda mi vida.” Y acostóse en la cama, poniendo por cabecera las calzas y el jubón, y mandome echar a sus pies, lo cual yo hice; mas ¡maldito el sueño que yo dormí!
No traía chinelas, sino zapatos de dos suelas, colorados, con unas calzas que no se le parecían sino cuanto por un perfil mostraban también ser coloradas.
Digo que hallé en ella un pedazo de jamón famoso, y, por gozarle y poderle sacar sin rumor, saqué los follados a la calle, y allí me entregué en el jamón a toda mi voluntad, y cuando volví al aposento hallé que el bretón daba voces diciendo en lenguaje adúltero y bastardo, aunque se entendía, que le volviesen sus calzas, que en ellas tenía cincuenta escuti d'oro in oro.
En esto ya me había puesto yo en calzas y en jubón; y tomándome doña Estefanía por la mano me llevó a otro aposento, y allí me dijo que aquella su amiga quería hacer un a burla a aquel don Lope que venía con ella, con quien pretendía casarse.
No le cubría la cabeza morrión alguno, sino un sombrero de gran falda de color leonado con mucha diversidad de plumas terciadas a la valona, la espada ancha, los tiros ricos, las calzas a la esguízara.
-No es mi corte desa manera -respondió el menor-, sino que mi padre, por la misericordia del cielo, es sastre y calcetero, y me enseñó a cortar antiparas, que, como vuesa merced bien sabe, son medias calzas con avampiés, que por su propio nombre se suelen llamar polainas; y córtolas tan bien, que en verdad que me podría examinar de maestro, sino que la corta suerte me tiene arrinconado.
Viste una capa y ropilla de terciopelo más blanco que la nieve, de oro y perlas trencillas y pasamanos; las cuchilladas, aforros, vueltas y faja de raso carmesí; calzas de punto, borceguíes datilados, valona y puños de encaje; esparcen reflejos claros en su pecho los rubíes de la cruz de Santïago.
Con un limpio coselete, del sol envidia y espejo, con celada borgoñona sin cimera ni plumero, y con sus calzas de grana, y con su jubón eterno de raso carmesí, llega después de dejar dispuesto como caudillo el ataque, y como caudillo experto, el gran marqués de Pescara en su tordillo ligero.
Y con semblante muy noble, mas de gravedad tan seria, que veneración de lejos y miedo causa de cerca. Era su traje unas calzas de púrpura de Valencia, y de recamado ante un coleto a la leonesa.
Y desque tenga noticia de mí y de mis servicios, déla a quien fuere servido, con advertir sea con condición que la tal persona pague a mis acreedores lo que pareciere haber gastado en beneficio de la tierra y por su sustentación; y con esto yo quedaré contento y en calzas y en jubón, y con mis amigos iré por mar y por tierra a descubrir más en servicio de S.
on Francisco de Quevedo y Villegas, hijo de sus obras, padrastro de las ajenas, hombre de bien, nacido para el mal, hijodalgo pero no señor, cofrade de la carcajada y hermano del Regodeo; mozo dado al mundo, prestado al diablo y encomendado a la carne que ha tenido y tiene, así en la corte como fuera de ella, muchos cargos de conciencia, que desciende de la casa de los Quevedos, por lo cual es de casa de solar; de calzas atacadas; rasgado de ojos y de vestido, ancho de frente y de conciencia, negro de cabello y de ventura, falto de pies y de dicha, largo de piernas y de razones, limpio de manos y de bolsa, dice: Que su hermana doña Embuste se se halla con muy buen dote librado en el diablo y que es mujer que tiene mucha vergüenza de ser su hermana.
Carcomióse el hidalgo de oír estas cosas, y el caballero que estaba a su lado se afligía, plegando los abanillos del cuello y volviendo las cuchilladas de las calzas.