callejera


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Hoy las excomuniones se parecen a las zarzuelas en que son motivo de chacota callejera y de provechosa popularidad para el excomulgado.
«¡ Viva la Constitución !», era la consigua que daba, consigna que quería decir lisa y llanamente: «¡ Abajo la revolución !» A la proclama constitucional de la Montaña correspondió el 13 de junio, una llamada manifestación pacífica de los pequeños burgueses, es decir, una procesión callejera desde Chateau d'Eau por los bulevares: 30.000 hombres, en su mayoría guardias nacionales, desarmados, mezclados con miembros de las sociedades secretas obreras, que desfilaban al grito de «¡ Viva la Constitución !» Grito mecánico, frío, que los mismos manifestantes lanzaban como grito de una conciencia culpable y que el eco del pueblo que pululaba en las aceras devolvía irónicamente, cuando debía resonar como un trueno.
Al contemplar, sin duda, las obras admirables que la verdad inspiró a nuestros grandes maestros; al ver esos cuadros de Zurbarán y Carducho, donde las virtudes de los frailes resplandecen á la luz maravillosa del arte, tal vez el desdichado Ortego, aguijoneado por la vanidad para elevarse y contrariado al mismo tiempo por su insuficiencia para subir tan alto, creyó más fácil adquirir fama y dinero volviendo la espalda á esas obras inimitables y tomando el camino de la burla insolente y de la caricatura bufa y callejera.
Únicamente, por supuesto, era el sistema del capitalismo privado y no la máquina de ahorrar trabajo lo que los trabajadores deberían haber atacado, porque con un sistema económico racional, la máquina habría sido completamente beneficiosa." "¿Cómo se resistía el capitalismo a los inventos?" "Principalmente por medios negativos, aunque mucho más efectivos que la violencia callejera que usaban los trabajadores.
A la sazón publicábase en Madrid un semanario titulado El Aviso, y que durante los reinados del tercero y cuarto Felipe fue periódico con pespuntes de oficial, pero en el fondo una completa crónica callejera de la coronada villa del oso y el madroño.
Se había ganado a los curas. El motín del 13 de junio se limitó, como hemos visto, a una pacífica procesión callejera. Contra él no se podían, por tanto, ganar laureles guerreros.
Entre los jefes y personajes argentinos cundió la reputación de des- lumbradora belleza conquistada por la joven limeña, á quien la crónica callejera daba por hija de todo un virrey, nada menos.
A las dos de la tarde, el teniente abanderado del almirante Stirling, que ha estado en Lima durante todo el tiempo que ha durado este asunto, me contó que las negociaciones de paz habían fracasado y que el Cuerpo Diplomático no había conseguido que el General chileno Baquedano garantizase que la propiedad neutral sería respetada por sus soldados, —lo que creo que nadie en sus cabales podría haber esperado que pudiera hacer—, y, tomando en consideración la probabilidad de lucha callejera e incendios, y la suerte corrida por Chorrillos, todos nos sentimos a mandarnos cambiar.
Y sin embargo, muchos corderos con momentánea y callejera piel de lobo gastan ínfulas de ejercer un apostolado: rivalizarían con Tolstoi.
Amasaban en los primeros tiempos el “bizcocho” destinado a alimento de las tropas del “presidio” y a abastecimiento de los buques de arribada o tránsito, y más tarde se acostumbraron a preparar los caramelos y masas que sus esclavos – antecesores lejanos de los actuales “heladeros” y “maniseros” – salían a ofrecer en la venta callejera.
Pero todo el pueblo estará concorde en que es mucho mejor evitar una manifestación a permitir una reyerta callejera, a que se reúnan mañana las madres de los que asesinó la tiranía y se establezca una batalla campal entre cubanos en el medio de la calle, que eso es lo que quieren precisamente los provocadores, que eso es lo que quieren precisamente los enemigos de la Revolución.
Por aquel romanticismo de la limosna callejera se regañaba diariamente a sí propio, tratándose de hombre ñoño y sin sustancia y pensando que, en lugar del ochavo, le estaría mejor establecer alguna sociedad o congregación, escuela dominical o cocina económica, «a fin de recabar de la filantrópica abnegación de las colectividades lo que no logran los más gigantescos esfuerzos de la iniciativa individual», como decía un periódico local, El Nautiliense, tratando de una empresa para salvamento de náufragos.