Ejemplos ?
El ébano, el marfil, la concha, el oro… FEDERICO: Genaro, esta cajita es un tesoro; ahora ya concibo tu pobreza: dentro de esta cajita has apilado cuanto oro con tus obras has ganado: ábrela, pues, veamos tu grandeza.
«¡Cuando ya se me hace bastante difícil ser una sola persona como Dios manda!» Poco después, su mirada se posó en una cajita de cristal que había debajo de la mesa.
EL SEGUNDO: Donde hay del cielo una prenda tan rica y tan soberana como la que esa cajita dentro de su seno guarda, preciso es que todo muestre que el don divino se acata: y aunque más merece, al menos el decoro no le falta.
la jícara del sabroso chocolate del Cuzco con canela y vainilla, presentósele un pobre diablo, vendedor de alhajas, con una cajita que contenía un alfiler, un par de arracadas y tres anillos de brillantes.
Me ordena que me desnude; veinte veces me hinco a sus pies para rogarle que me ahorre la humillación de aquel registro, nada lo conmueve, nada lo enternece, me arranca él mismo las ropas, colérico, y, en cuanto quedo desnuda, registra mis bolsillos y, como supondréis, no tarda en encontrar la cajita.
El rincón, allá contra la pared, es el cuarto de dormir de las muñequitas de loza, con su cama de la madre, de colcha de flores, y al lado una muñeca de traje rosado, en una silla roja: el tocador está entre la cama y la cuna, con su muñequita de trapo, tapada hasta la nariz, y el mosquitero encima: la mesa del tocador es una cajita de cartón castaño, y el espejo es de los buenos, de los que vende la señora pobre de la dulcería, a dos por un centavo.
Y no hay espectáculo que impresione más que el recuerdo de un hombre grande y fuerte y que al cabo de los años no vea usted más que una cajita donde lo tienen enterrado, producto del crimen, como los compañeros del “Granma” que fuimos a enterrar hace unos días: hombres fuertes, saludables y entusiastas que fueron asesinados después que los hicieron prisioneros, y que tuvimos que enterrarlos en cajitas de este tamaño.
Hay visitas, por supuesto, y son de pelo de veras, con ropones de seda lila de cuartos blancos, y zapatos dorados; y se sientan sin doblarse, con los pies en el asiento: y la señora mayor, la que trae gorra color de oro, y está en el sofá, tiene su levantapiés, porque del sofá se resbala; y el levantapiés es una cajita de paja japonesa, puesta boca abajo: en un sillón blanco están sentadas juntas, con los brazos muy tiesos, dos hermanas de loza.
Duro más, duro menos, cerró trato por doscientas onzas de oro, guardó la cajita y despidió al mercader con estas palabras: -Bien, mi amigo, vuélvase usted dentro de ocho días por su plata.
En tal ocasión fue cuando los tertulianos, cansados de revolverle al señor de Boina armarios y alacenas para sacar a luz estrambóticas antiguallas; de hacer rabiar a Verónica en la cocina robándole los postres o escondiéndole el vino; de atarle al gato latas en el rabo y de volver los cuadros cara a la pared, idearon cierta infantil travesura, más propia de chicos del Instituto que de hombres barbados; y fue meter una rata enorme de las que en Marineda se llaman «lirios», en una cajita de madera, que, sellada y precintada, hicieron entregar por un mozo, diciendo que era un encarguito venido por la diligencia compostelana.
No más caperuzas; ya no te burla-rás de la Ley lanzando tu ruidosa protesta sobre la vindicta pública; tu eterna cuna será esa cajita blanca, coquetona, acolchada como una bombonera, que tu padre mira con ganas de deshacerla de una patada; ya no tendrás quien te acaricie la fina piel, quien te besuquee la redon­da faz con que escupías a la Justicia: tu esclava está ahora mirando la pared con fijeza estúpida, abiertos los ojos como platos, con el asombro y el temor de una niña que ve romperse entre sus manos el más lindo juguete.
Mírale y dime qué ves dentro. Le dio entonces una cajita chata, de madera blanca, donde, cuando la abrió ella, encontró un disco de metal.