cabellera

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cabellera

1. s. f. Conjunto de pelos de la cabeza, especialmente cuando son largos y cuelgan sobre la espalda su cabellera castaña brillaba bajo el sol. cabello, melena
2. Pelo postizo. peluca
3. ASTRONOMÍA Ráfaga luminosa de los cometas la cabellera surcó el cielo e iluminó el camino.

cabellera

 
f. Conjunto de pelos, gralte. largos, que crecen en la cabeza de las personas.
Pelo postizo, peluca.
Sinónimos

cabellera

sustantivo femenino
Traducciones

cabellera

коса, косище

cabellera

chevelure

cabellera

scalp, tail, wig

cabellera

Haar

cabellera

волосы

cabellera

cabelo

cabellera

włosy

cabellera

μαλλιά

cabellera

头发

cabellera

頭髮

cabellera

vlasy

cabellera

hår

cabellera

hiukset

cabellera

שיער

cabellera

hår

cabellera

ผม

cabellera

SF
1. (= pelo) → hair, head of hair; (= postizo) → switch, hairpiece
soltarse la cabellerato let one's hair down
2. (Astron) → tail

cabellera

f. head of hair.
Ejemplos ?
Los perros de patas elásticas iban rompiendo la maleza en la carrera, y los cazadores, inclinados sobre el pescuezo de los caballos, hacían ondear los mantos purpúreos y llevaban las caras encendidas y las cabelleras al viento.
A unos habían dado las varitas misteriosas que llenan de oro las pesadas cajas del comercio; a otros, unas espigas maravillosas que al desgranarlas colmaban las trojes de riqueza; a otros, unos cristales que hacían ver en el riñón de la madre tierra, oro y piedras preciosas; a quiénes, cabelleras espesas y músculos de Goliat y mazas enormes para machacar el hierro encendido, y a quiénes, talones fuertes y piernas ágiles para montar en las rápidas caballerías que se beben el viento y que tienden las crines en la carrera.
Las cabelleras, bien pegadas en las frentes y recogidas en la nuca, lucían en coronas, en racimos, o en ramilletes de miosotis, jazmín, flores de granado, espigas o acianos.
Con ese dominio del instinto material que se observa en los alienados, pensó en la colación suculenta, y se figuró al turrón macizo, los mazapanes con rubias cabelleras de huevo hilado, la compota olorosa...
-Buenos días -exclamó Dolores la larampera, colocando su cántaro sobre los bordes del pilón de piedra, donde aguardaban turno, en correcta formación, los de sus compañeras, que sentadas sobre el muro que sirve de parapeto al Arroyo de los Ángeles en sus poco frecuentes crecidas, charlaban alegremente luciendo al sol, a más de los atractivos con que las dotara el Supremo Hacedor de todas las cosas, sus vestidos de pobre urdimbre y de tintas tan vivísimas, que bien podían competir con los de las fragantes flores con que adornaban sus bien alisadas cabelleras.
Un cortejo formado por sabios ancianos, TLAMATINIME, TEOPIXQUES, los dedicados a no olvidar nuestra gratitud para la energía creadora, vestidos como la noche y de largas y limpias cabelleras, escoltaban a la virgen inmaculada, llegada de un pueblo muy lejano con el fin de dedicarse a la meditación creadora en la casa de la meditación: TEOCALLI.
Antonio empuñaba el timón, el compañero estaba junto al mástil, y el chicuelo, en la popa, explorando el mar. De la popa y las bordas pendían cabelleras de hilos que arrastraban sus cebos dentro del agua.
Sus cabelleras y sus barbas eran de pelo natural; sus ojos de vidrio, en lo cual seguían una tradición de la vieja imaginería española.
Las cabezas de los arcángeles -por tales los tuvo la desdichada- brotaban de cuellos largos y mórbidos, y sostenían cabelleras rubias, tan foscas y ondeadas, que pudieran compararse a la aureola solar.
Los relámpagos sin serie de retumbos, a manera de gigantescas cabelleras de fuego desplegando sus hebras en el espacio lóbrego, contrastaban por el silencio con las rojizas bocanadas de las armas seguidas de recias detonaciones.
De caridad, porque es preciso tenerla para realizar y hasta para ordenar y dirigir esa operación, que descubre tantas veces en las cabelleras infantiles la fauna asquerosa de la miseria; de higiene, porque al niño que le medran los cabellos se le desmedra el cuerpo, es sabido...
Ambas aceras estaban ocupadas por los jóvenes elegantes, que a la vez que con el airecito del río, hallaban refrigerio al calor canicular, deleitaban los ojos clavándolos en las limeñas que salían a aspirar la fresca brisa, embalsamando la atmósfera con el suave perfume de los jazmines que poblaban sus cabelleras.