caballejo

Traducciones

caballejo

pony

caballejo

SM
1. (= poney) → pony
2. (= rocín) → old horse, nag
Ejemplos ?
ncho, huesoso, atlético, con los hombros robustos, las piernas fuertes y el cuerpo encorvado por la edad, era el tío Roque un campesino aragonés que llevaba con energía sus setenta y cinco años y la administración de sus fincas y propiedades, evaluadas por los inteligentes del contorno en ciento cincuenta mil duros; un capital, diariamente vigilado por su dueño, que recorría sus tierras sobre un caballejo de mala muerte para inspeccionar y dirigir la siega en agosto...
Era el obispo de Auriabella -que poco después falleció y ya estaba bastante enfermo del corazón- un señor bondadoso, lleno de unción y de dulzura, de esos que todo lo gastan en caridades; un verdadero pastor, humilde con dignidad, y alegre y chancero de puro limpia que tenía la conciencia; pero al venir a Illaos bajo la impresión de un hecho tan solemne, se encontraba muy conmovido; traía los ojos humedecidos, la respiración cortada y fatigosa, y aún parece que le estoy viendo en el momento en que, al divisar la choza de Juan del Aguardiente, saltó aprisa del caballejo que le habíamos proporcionado, se descubrió y se inclinó hasta el suelo ante los padres del confesor de Jesucristo...
Quebrantábase su salud con el rudo trabajo a que venía entregado desde el amanecer; algunas noches de invierno, una tos seca desgarraba su pecho; no pocos días de verano sintió un ahogo, un principio de asfixia, que le hizo detenerse y buscar apoyo en el tronco de un árbol; aconsejóle el médico multitud de veces que descansase, que renunciara a su labor diaria; pero el tío Roque se encogía de hombros, se burlaba de consejos y de dolencias, y al romper la aurora bebía un vaso de aguardiente, ensillaba su caballejo, y al campo, a inspeccionarlo todo, a que trabajasen los braceros, a que produjese la tierra, a que no estropeasen a su querida; la única hembra que había sabido pagarle con usura sus desvelos y su constancia.
La claridad de los faroles avanzó, y el caballejo que tiraba, no muy gallardamente, del vehículo pegó una huida ante el cuerpo que obstruía el paso.
DE CÓMO LOS LADRONES LE ROBARON SU CABALLEJO Para que los ladrones teman también y no vuelvan a sus hurtos, referiré que dos sujetos llamados Sempronio y Toribio, tentados e instigados por el demonio, y con intención de robar, vinieron al sitio donde el siervo de Dios habitaba.
El santo de Dios recibió el caballejo, se reprendió a sí mismo el haberlo tenido, y enseguida lo vendió, distribuyendo el importe entre los pobres; mas no restituyó la vista a los ladrones, obrando en esto, a mi juicio, con prudencia, porque, de no seguir ciegos, tal vez hubieran seguido cometiendo semejantes delitos, y si en adelante quisieran hacer algo parecido, les denunciase al punto la señal con que quedaban marcados, y la fama con que habían manchado sus nombres.
Bandadas de cóndores completaban el paisaje, cerniéndose en el espacio en círculos de mal agüero para la salud de mi pobre caballejo, que a pesar de su cansancio, se encabritaba espantado por la sombra formidable de sus alas.
Y, en efecto, una mañana, habiéndose confesado Dióscoro con el abad de Santa Cristina, que vino a toda prisa, apenas le llamaron, en un caballejo, y habiendo recibido el Pan de Dios y la Extremaunción, dejó de vivir aquel modelo de hombres.
Esta clase está muy en contacto con todas: con la aldeana, con el señorío, con los caciques, con los moradores de las poblaciones pequeñas... Sus frecuentes viajes y excursiones, sobre un mal caballejo, al través de la comarca, les hacen conocerla palmo a palmo.
Un cuarto de hora rodó el coche por la carretera -despacio, porque en la helada resbalaba también el caballejo-, cuando Agustina, en el bienestar infinito de la ardiente gratitud, al sentirse acompañada, salvada, extendió la mano izquierda, asió la del médico y la besó sin saber lo que hacía.
Amarraba éste su caballejo a un árbol, echábase a ojos la gorra de seda con botones de nácar y, remetiendo sus manos en la faja de estambre, rebasaba la puerta.
El cantinero sintió frío de terciana ante el amago de justicia popular, y queriendo evitar que después de quemado saliese algún cristiano con el despapucho de que aquella barbaridad había sido lección tremenda, pero justa, ensilló el caballejo y a todo correr se vino a Lima.