Ejemplos ?
Cercaremos nuestras posesiones de cables electrizados y compraremos con una pera de agua a todos los polizontes y comisarios del Sur. El caso es empezar, ya ha llegado el Buscador de Oro.
Habló fuertemente: –Vos, pierrot, sos Erdosain; vos, gordo, sos el Buscador de Oro; clown, sos el Rufián; y vos, negro, sos Alfón.
Para los descontentos e incómodos de las ciudades está la montaña, la llanura, la orilla de los grandes ríos. Erdosain no se imaginaba tal violencia en el Buscador de Oro.
Sustituimos un fin mezquino por un fin extraordinario, nada más. Erdosain se sentía humillado frente al Buscador de Oro. Envidiábale al otro la violencia, le irritaban sus verdades gruesas e indiscutibles, y hubiera deseado contradecirlo, al tiempo que se decía: –Yo soy menos personaje de drama que él, yo soy el hombre sórdido y cobarde de la ciudad.
El asombro más extraordinario abría las bocas de todos. Aquello era lo inesperado. El Buscador de Oro replicó: –¿Pero usted cree que el ejército argentino... digo...
l entrar, el círculo de hombres se puso de pie, mas Erdosain se detuvo estupefacto al observar entre los reunidos un oficial del ejército con el uniforme de mayor. Estaban allí el Buscador de Oro, Haffner, un desconocido y el Mayor.
–Pues entonces aseguro que lo dicho por el Mayor imprime una nueva orientación a nuestra sociedad. –No –objetó el Buscador de Oro–.
No se olvide de comprarse un traje de confección mientras le hacen los otros. No falte, que estará el Buscador de Oro, el Rufián y otros, otros.
Después que salió Haffner, Erdosain, que tenía deseos de conversar con el Buscador de Oro, se despidió del Astrólogo y el Mayor. Erdosain se encontraba nuevamente inquieto.
Había estirado las piernas y cargaba todo el cuerpo sobre los brazos del sillón. Con sus botas sin lustrar parecía un hombre de la montaña, quizás un buscador de oro.
–¿Están todos? –Sí. –¿También el Buscador de Oro? –Sí. Apartando los ramojos que les castigaban los rostros, avanzaron hacia la glorieta.
Necesitaba conversar con alguien; olvidarse de la negra obligación que ahora aceleraba los latidos de sus venas, bajo el ardiente sol del mediodía. El Buscador de Oro le fue simpático.