Ejemplos ?
Quien lo ha dejado caer no es una persona: es la suerte, la suerte loca, la suerte bribona, mujer liviana, que acaricia a capricho.
-¿El dinero?...; el dinero... en la faltriquera... -¡Bribona, tú la has hecho hoy... y yo te voy a abrir en canal! -grita exasperado el Tuerto al notar la turbación, cada vez más visible, de su mujer-.
No la dulcificó el viejo marinero cuando la sardinera volvió a encararse con él; antes bien, cargó de nubes el ya tempestuoso cariz de su entrecejo, y por toda respuesta a tantas preguntas y declamaciones, largó a su vecina, a quemarropa, con la voz de un cañonazo, esta sola palabra: -¡Bribona!
(Agárranse las dos el pelo.) ::TOMASA ¡Suelta el pelo! ::MANUELA No te ha de valer, bribona, :::más que bribona; el gargüero :::te he de arrancar; dalo aquí.
Púsose de pie blandiendo sus rollizos brazos arremangados por encima del codo y se desató en improperios y amenazas. -¿Bribona! Si ha sido así, apronta el cuero porque te lo voy a arrancar a tiras.
Como yo había oído que el aguardiente es bueno pa quitar el dolor de barriga, poniendo por fuera unos paños bien empapaos en ello, calenté en una sartén como medio cuartillo, y cuando estaba casi hirviendo, llevélo así a la cama onde se estaba revolcando la muy bribona.
¡Si pa esto nace uno, valiérame más no haber nacío!... ¡Perro de mí, que no la hice macizo antes de llegar a perder la pacencia y la salú por la grandísima bribona!...
Dice que quiere cortar un dedo a esta bribona y se lo corta de la mano que ha cometido el error, mientras su hija Julia, que se cree envenenada, lo hace eyacular.
A la muy bribona se le había entrado don Lesmes por el ojo derecho; que la verdad sea dicha, era el mozo como unas perlas, garboso, decidor y pendenciero.
—¡Oh, señor —le contesté, disparando una segunda andanada—, así es como trato a los que me besan el culo! —Bueno, suelta pedos, suelta pedos, bribona, ya que no puedes retenerlos, suelta tantos pedos como quieras y puedas.
Ella abre los labios, retrocede, vuelve a abrirlos y finalmente traga, hipando, con su boca gentil, aquella reliquia infame. Desde aquel momento, ya sólo se oían los insultos del criminal. —¡Ah, bribona! —dijo el hombre furioso—.
Acaricia a la niña, la besa en la boca, y tras haberle preguntado si iba muy limpia, le levanta las faldas para verificar un estado constante de limpieza que Eugénie le había asegurado, aunque ella sabía muy bien que era todo lo contrario, pero le habían dicho que hablara así. —¡Cómo, pequeña bribona!