Ejemplos ?
¡Ah! ¡Pues si creían que iba a quedarse así, con los brazos cruzados y mucha flema británica! ¡Desde el día siguiente -desde temprano-, que Anita Dolores se preparase!
La barca crujía a los embates del mar, de modo cada vez más amenazador; el patrón meditaba con los brazos cruzados sobre el pecho y la desesperación retratada en el atezado rostro.
Y, precisamente allí, de brazos cruzados frente a su sillón, estaba el mancebillo cingalés canturreando, como de costumbre, en el irritante "si" bemol: Ja...
Vestía un largo guardapolvos negro, llevaba el sombrero de paja encasquetado hasta los ojos y permanecía inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Mi tía se tomaba el mayor interés y estuvo paseando de arriba abajo por la habitación, con los brazos cruzados, durante más de dos horas.
Estas trincheras que aludimos, el Perú las venía trabajando desde meses anteriores a la agresión, en tanto que nuestro ejército se mantuvo impávido y con los brazos cruzados.
-Nunca he oído hablar de él, nunca-dijo el mandarín, arrodillándose en el aire, y con los brazos cruzados:-no ha sido presentado en palacio.
ntonio el Moreno se dirigió a la mesa junto a la cual estaba el Pelirrojo, y sentándose junto a éste, no sin antes golpearle afectuosamente con una mano en el hombro, exclamó, dirigiéndose al mozo de «Los Leones», que, reclinado contra una de las cuarterolas y con los brazos cruzados sobre el pecho, entreteníase en silbar uno de los tangos más en boga: -A ver, tú, Isidoro, café pa mí y unas copas de veneno pa la compaña.
Porque los que se están con los brazos cruzados, sin pensar y sin trabajar, viviendo de lo que otros trabajan, ésos comen y beben como los demás hombres, pero en la verdad de la verdad, ésos no están vivos.
¡Oh!, no importa, tarde o temprano, dentro de seis meses, diez años, se reunirán, se amarán, porque el destino lo exige y porque han nacido la una para la otra. Estaba con los brazos cruzados sobre las rodillas y, levantando la cara hacia Emma, la miraba de cerca, fijamente.
Habría querido romperlo; pero una fuerza extraña enmudecía su lengua y anudada la voz en su garganta. No de allí a mucho, a la vuelta de una encrucijada, Rogerio divisó al incógnito que de pie y los brazos cruzados lo aguardaba.
Y con los brazos cruzados, el rostro helado y marchito, desencajados los ojos, convulsos los labios fríos, hecha pedazos el alma, el corazón derretido, quisiera que un rayo ardiente le clavara en aquel sitio.