Ejemplos ?
No me besó, pero al contacto con su melena en mi cuello, sentí en el escalofrío de todos mis nervios que jamás podría yo ser un hermano para aquella mujer.
El semblante de Rosalía reverberó con aquel pálido destello de esperanza surgido en su pecho, y oprimiendo convulsivamente el escapulario blanco y azul que acababa el sacerdote de ceñir a su cuello, lo besó con ferviente ahínco, y -Gracias, padre -balbució, a la vez que dos lágrimas se perdían como en una placa candente al rodar en sus mejillas.
En el jardín del Paraíso, cuando naciste en el seno de la primera rosa bajo el árbol de la sabiduría, Dios te besó y te dio tu nombre verdadero: ¡poesía!
Me colgaron del cuello del niño, que me sonrió y me besó; y toda la noche descansé sobre el pecho calentito e inocente de la criatura.
Casi todos murieron en barrancas nocturnas, embriagados de gozo al verse malheridos. La Muerte les besó las frentes taciturnas. Es ángel poderoso quien les tiene vencidos; enrojece el ocaso de su espada el fulgor, pero están sus espíritus por el orgullo henchidos.
¡Gracias! Y cogiendo la mano de Emilia, la besó; bien podía hacerlo en aquella ocasión. Un vivo rubor cubrió las mejillas de la muchacha, que le respondió apretándole la mano y mirándole con sus expresivos ojos azules.
Juan besó la mano al bondadoso Monarca, y le dijo que sin duda las cosas marcharían bien, pues estaba apasionadamente prendado de la princesa.
Y el miserable quedó extasiado al ver aquella fresca desnudez. Lúbrico la besó. Con inquieta y temblorosa prontitud se bajó los harapos que traía como pantalones y en un gesto lujurioso se enlagartijó sobre la inerte.
Ocupaba el trono un viejo hechicero, con una corona en la fea cabeza y un cetro en la mano. Besó a la princesa en la frente y, habiéndole invitado a sentarse a su lado, en el magnífico trono, mandó que empezase la música.
Cuando llegué a la residencia de Renata, Alfredo platicaba con ella y mi amiga lo escuchaba atenta. Yo sentí algo de celos, pero estos se olvidaron en el momento en que me saludaron y él besó mi mano con delicadeza principesca.
Por piedad, -añadió-, mírame otra vez con esos ojos celestiales. Ella le miró, y el indio besó agradecido la tierra que sus pies pisaban.
Poco después, Lena, despidiéndose de César, le besó la mano, declarando con las postreras palabras que le había pedido alguna merced para sí.