bastilla


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bastilla

s. f. TEXTIL Doblez que se hace en el extremo de una tela y que se cose con puntadas para impedir que ésta se deshilache le hizo una buena bastilla.

bastilla

 
f. Doblez que se hace y asegura con puntadas, a manera de hilván menudo, a los extremos de la tela para que esta no se deshilache.
Sinónimos
Traducciones

bastilla

hem

bastilla

orlo

bastilla

SFhem
Ejemplos ?
Voltaire a los doce escribía sátiras contra los padres jesuitas del colegio en que se estaba educando: su padre quería que estudiase leyes, y se desesperó cuando supo que el hijo andaba recitando versos entre la gente alegre de París: a los veinte años estaba Voltaire preso en la Bastilla por sus versos burlescos contra el rey vicioso que gobernaba en Francia: en la prisión corrigió su tragedia de Edipo, y comenzó su poema la Henriada.
Sois, sí, los cruzados de la República, los hombres de fe ardiente y sincera que al grito mágico de ¡la libertad lo quiere!, os arrojáis al campo de combate con fiereza y denuedo sólo comparables a los que animaban a los soldados de la Rochela o a los asaltadores de la Bastilla.
Y resaltaba el hecho de que alIí no se arrancó una sola hoja de un árbol; cómo los revolucionarios y cómo el pueblo, actuando con un sentido del orden y de la disciplina que no tiene paralelo, se habían abstenido de tocar una sola hoja de toda aquella finca donde había tantos objetos valiosos, tantos árboles, tantas construcciones, cuando en todas partes del mundo —desde la Revolución Francesa, en que el palacio de Versalles fue asaltado por la multitud o La Bastilla fue destruida—, cuando en todas las revoluciones siempre el pueblo se abalanza contra aquellos objetos, aquellas residencias que significan los símbolos de la tiranía, para destruirlas, en su sed de vengar los crímenes y los oprobios que se hayan cometido.
Ella, como si no le oyese, le dice con autoridad, tuteándole: —Vas á llevar á estos dos viajeros. Es ahí cerca, á la Bastilla. La sorpresa deja estupefacto al soldado.
Le decían todas las mañanas: «Sire, sois el rey más grande del universo; todo el universo se gloriará de pensar como vos tan pronto como hayáis hablado.» Pellisson, que se había enriquecido en el puesto de secretario de Hacienda; Pellisson, que había estado tres años en la Bastilla como cómplice de Fouquet; Pellisson, que de calvinista se había hecho diácono y beneficiado, que hacía imprimir oraciones para la misa y ramilletes a Iris, que había obtenido el puesto de los economatos y el de convertidor de almas; Pellisson, digo, lleva­ba cada tres meses una gran lista de abjuraciones a siete u ocho escudos pieza y hacía creer a su rey que, cuando él quisiera, con­vertiría a todos los turcos al mismo precio.
Todos los trabajadores de la tierra pertenecen ya a una sola nación, y no se querellan entre sí, sino todos juntos contra los que los oprimen. Recocija haber visto, cerca de lo que fue en París Bastilla ominosa, seis mil trabajadores reunidos de Francia y de Inglaterra.
Y si su Bastilla fuera tan asediada, sepamos antes que entregarla al enemigo, confundir a éste entre escombros, no dejando piedra sobre piedra.
Pero Jacques no era uno de esos espíritus fríos, estériles para la acción, que viven metidos en la especulación pura, sin prestar oído a los ruidos del mundo, y sin apartar su pensamiento del problema, como Kant, en su cueva de Koenisberg, levantando un momento la cabeza para ver la caída de la Bastilla, y volviéndola a hundir en la profundidad de sus meditaciones, como el fakir hindú que, perdido en la contemplación de Brahma y susurrando su eterno e inefable monosílabo, ignora si son los Tártaros o los Mongoles, Tamerlán o Clive, los que pasan como un huracán sobre las llanuras regadas por el río sagrado.
Una fuerza me empujaba, una necesidad de caminar. Me dirigí, pues, hacia la Bastilla. Allí me di cuenta de que nunca había visto una noche tan sombría, porque ni siquiera distinguía la columna de Julio, cuyo genio de oro se había perdido en la impenetrable oscuridad.
Pero a sus dos hijitos inocentes, de 8 años el uno y de 7 el otro, mandó conducirlos al cadalso, donde fueron rociados con la sangre, aún caliente, de su padre, y luego los hizo encerrar en la Bastilla, en una jaula de hierro, sin darles una mala manta que les sirviera de lecho; y el rey Luis mandaba cada ocho días al verdugo para que les arrancase un diente a cada uno, así que no lo pasaban muy bien los pobrecillos.
El pueblo mexicano en 1910, cuando de una tiranía sin precedente y de un viejo régimen conservador simbolizado en el Sila mexicano, Porfirio Díaz, solicitó y exigió reivindicaciones de libertades, derechos y una reforma luminosa que desencadenara la corriente de su progreso, se hizo oír en la prensa, en la tribuna, en el parlamento, en todas partes; pero la tiranía, sorda a las vibraciones de la palabra y ciega ante los relámpagos del pensamiento, permaneció aletargada en el poder, como Luis XVI al clamoreo estentóreo de La Bastilla, hasta que el pueblo se hizo escuchar por medio de las balas 30-30 y el rimbombar de cañones y ametralladoras, en los campos de la lucha fratricida.
Son las fatales, son las que sitiaron el palacio de Versalles después de la toma de la Bastilla; son las que hubo que barrer a tiros en San Petesburgo y en Barcelona; son las que volverán, furias sagradas cuyo gesto cierra cada época histórica y abre las esclusas del futuro.