Ejemplos ?
Una tremenda avenida se precipitó de repente por el Riachuelo de Barracas, y extendió majestuosamente sus turbias aguas hasta el pie de las barrancas del Alto.
Era éste un joven como de veinticinco años de gallarda y bien apuesta persona que mientras salían en borbotón de aquellas desaforadas bocas las anteriores exclamaciones trotaba hacia Barracas, muy ajeno de temer peligro alguno.
Unas cuantas barracas fueron construídas por los mismos refugiados y otras por soldados franceses; pero como algunas noches fueron gélidas, se dió el caso de que soldados irresponsables destruyeron las barracas de madera para hacer fuego con ellas.
— El batallón urbano del Comercio acudirá a guarnecer esta Fortaleza a la cual el señor Subinspector Comandante de artillería destinará los artilleros milicianos con el oficial y soldados veteranos que sea posible, prefiriendo los retirados para que los veteranos acudan al tren de batalla, y también pondrá un destacamento a los cañones del muelle. 7. — Dicho Tren volante de Artillería se formará en el campo de Barracas, a cuya inmediación tiene su potrero. 8.
Le llamaban más la atención las barracas hediondas del muelle Anaos que los grandes docks del Támesis; y acordándose de la romería del Carmen, era capaz de echarse a llorar en medio de Hyde-Park, si en él se encontraba el domingo siguiente al día 15 de julio.
El aspecto de las barracas de año nuevo, negras sobre la blancura de la nieve, de las ventanas de los restaurantes, rojizas por la luz que se filtraba por los despulidos vidrios y las transparentes cortinillas, los esqueletos descarnados de los árboles, que alzaban las desmedradas ramas hacia el cielo plomizo y bajo, la misma animación de la multitud, ruidosa y alegre, aumentaron la horrible impresión que me dominaba.
A más no poder retuvo en el suyo al huerfanillo: amigos y allegados, lograron que entendiese que si le abandonaba en manos extrañas, ponía en riesgo la mitad de dos barracas y de un lote, que le pertenecían legalmente, como herencia de su marido.
n las primeras horas de una noche de diciembre, a su paso por Barracas al norte, lindo arrabal de Buenos Aires, un tramway se detuvo para desembarcar numerosos pasajeros ante la verja de una quinta cuyos jardines, iluminados, anunciaban una fiesta.
Componíanlo tiendas o barracas muy vistosas, y de la animación y bullicio que en ellas reinaba, no pueden dar idea las menguadas muchedumbres que en nuestra civilización conocemos.
Más arriba del Prado, entre el Dos de Mayo y el Retiro, habían sentado sus reales una multitud de artistas errantes, de esos que van de pueblo en pueblo y de gente en gente, enseñando monstruos de la fauna terrestre a la asombrada humanidad. Una ciudad de barracas se había plantado a las puertas del Retiro.
Muchos de mis lectores se acordarán, como yo me acuerdo, de su negro y desigual pavimento, de sus edificios que se reducían a cuatro o cinco fraguas mezquinas y algunas desvencijadas barracas que servían de depósitos de alquitrán y brea; de sus montones de escombros, anclotes, mástiles, maderas de todas especies y jarcia vieja; y por último, de los seres que respiraban constantemente su atmósfera pegajosa y denegrida siempre con el humo de las carenas.
— El Jefe que mandare la división del campo de Barracas hará patrullar la costa desde el Riachuelo hasta los Quilmes, y tendrá un guardia de oficial y 30 hombres a la boca de dicho Riachuelo para celar la introducción de los enemigos por aquella parte.