Ejemplos ?
Era un animal hermosísimo, tenía esbeltas patas, ojos inteligentes y una crin que le colgaba como un velo de seda a uno y otro lado del cuello. Había llevado a su señor entre nubes de pólvora y bajo una lluvia de balas; había oído cantar y silbar los proyectiles.
Como los enemigos estaban formados en pelotón, casi no se perdía tiro y se veían claramente caer muchos en particular de tres balas de cañón que solo alcanzo á tirar el Capitán García.
En la celeridad de tan indescribibles momentos, cubierta nuestra atmósfera con una red de proyectiles enemigos, y recorriendo nuestras balas la recta de las baterías españolas, nadie podrá asegurar cuantos tiros se cambiaron en aquellos breves minutos; esto era imposible; pero a mi modo de juzgar Señor Secretario, creó admisible la suposición de un cañonazo por segundo por espacio de quince a veinte minutos.
-continuó diciendo, o más bien tartamudeando, aquel héroe de cien combates, de quien tanto se prendó la joven madrileña al verlo revolverse como un león entre cientos de balas-.
¡Bien hice yo en no salir! ¡Buenos forados habrían abierto las balas en mis tres refajos! Imaginémonos un punto el renovado terror de la pobre madre, hasta que Angustias la convenció de que estaba ilesa.
No habrá excepción a este principio sino en lo relativo a las municiones de guerra, como son las armas de toda clase, la pólvora, el plomo, y las balas de cañón.
El gobierno mexicano, nuestro gobierno, nos había olvidado y estaba dispuesto a un genocidio sin balas ni bombas, estaba dispuesto a aniquilarnos con la muerte callada de la enfermedad, de la miseria, del olvido.
Nadie habría pensado que aquel canino, en otros tiempos, hubiera pasado por sarnoso y vulgar perro de barrio, enmugrecido con tierra y hollín, abundante en parásitos y además, como si fuera poco, un simple hurtador de huesos: de pellejos o de lo que pudiera Más de una vez sintió el dolor causado por escobazos o pedradas. En dos ocasiones escuchó muy de cerca el zumbido de las balas.
Benegas pensó que podía embutir todas las balas de su revólver en la barriga de aquel monstruo, pero también pensó que podían fusilarlo.
Yo me acerqué para recibirlo de sus manos reales. La Señora, me lo entregó diciendo: —¡Que aleje siempre de ti las balas enemigas!
No habrá excepción a este principio sino en lo relativo a las municiones de guerra, como son las armas de toda clase, la pólvora, el plomo y las balas de cañón.
En medio del terror que me quitó la vista, observé que el árbol en que yo estaba atado se estremecía ligeramente y que mis ligaduras se aflojaban. Una de las balas, después de herir al segador, había dado en la cuerda que me ligaba al tronco y la había roto.